lunes, noviembre 21, 2005

Diseño Inteligente



El viejo Darwin paseaba aquella tarde con la tortuga, que bien sabido por todos, es un animal bastante más longevo que la especie humana. Hablaban descuidadamente. A Darwin le gustaba de aquella tortuga especialmente sus esquivos y lentos devaneos oratorios. Darwin le decía:

-Si Dios existiera habría sabido organizar una especie diferente.

Hubo un largo silencio. Los jilgueros brincaban sobre las ramas de un abedul próximo. De improviso, la tortuga le respondió.

-¿Diferente?- sus pesadas mandíbulas construyeron las palabras lentamente.
-Quiero decir más justa; Menos infame y terrible.
-¿Terrible?
-Fíjate en las hormigas: supervivencia pura, siempre sacrificando el interés del individuo. No existe egocentrismo. Son criaturas del planeta.

Llegaron a un acantilado. El sol equinoccial, rudo y exigente se ponía. Darwin se limpió el sudor que resbalaba del cuello de su hermosa camisa de lino.

-Él nos hubiera regalado esta maravilla sin ponerla bajo riesgo- y luego la tortuga concluyó aquel pensamiento, tras otro silencio -:Homo homini lupus.- Fue una frase sin par, larga, como hacía tiempo que no se escuchaba de boca de tortuga.

Darwin reclinó la mirada como confirmando la frase de su amiga y del bolso interior de su chaqueta tomó su libro de Tomás de Aquino para leerlo en voz alta.

De esta guisa, disfrutaron de las palabras del filósofo y sin darse cuenta les llegó la completa oscuridad de la noche.

Los dos ancianos reemprendieron su postrero viaje, de retorno a casa. Sus vidas se extinguían a cada paso que daban, aunque a sus pies, sin percibirlo tan siquiera, nuevas y extravagantes formas prosperaban azarosamente en la veleidad discreta de la existencia.

jueves, noviembre 17, 2005

"Gran Eva"


Mikelow:

en las calles de Manhattan
hoy los ejecutivos se masturban,

y se hacinan reservados
para cuadrar sus números impíos.

Hoy he visto sus burdeles,
vi los parkings de los bancos repletos;

Allí, fornicaban con los mendigos,
en la danza sorda de la "Gran Eva"


PD: Espero que aún recuerden a nuestro entrañable detective, Mikelow.

lunes, noviembre 14, 2005

Descuentos


La semana pasada fue complicadilla en mi vida profesional. Hasta tres veces me negaron. Esperé por puertas que finalmente no se abrieron y busqué palabras que nunca me llegaron.

Los siguientes haikus son el rescoldo de aquellos avatares. Cada uno de ellos encierra una lección aprendida.

*

El tigre dormita ocioso.
Hoy la presa disfruta con
la tregua descontada.

*

'Quick wins', 'Quick wins'!
Arenga el ejecutivo,
atormentado granjero de vanidades.

*

Hubo sumado, amasado dineros
y reconciliado descuadres;
Salvo las ganancias,
no hizo apaño de su vida descontada.

*

El poder del castillo
no reside tanto en el rey
como en las celadas del camino
y sus murallas.

lunes, noviembre 07, 2005

Haikus del Lunes


Uno

Son tiempos breves para el zángano,
muerto tras el acoplo,
más también para el expulsado por la colmena,
expirando ya su plazo.

Dos

En la bocana del puerto
las despedidas son
parte salitre,y parte,
océano barruntado.

Tres

Por momentos,
el éxito
y el fracaso saben igual.

Después, el tiempo discierne con entendimiento.

jueves, noviembre 03, 2005





Como en los patios de vecindad, siempre hay vecinos que tienden a mirar de puertas adentro. Son los vecinos que insistentemente nos exigen ampliar sus terrazas, que dejen colgar su aire acondicionado o piden bajar siempre la cuota, que joder, siempre se paga mucho. Así siempre, pidiendo, pidiendo, pidiendo..

Sé que es mal ejemplo, oigan, no tengo otro.
El otro día viajaba a Lanjarón. Y digan lo que digan no vi frontera alguna. Las montañas ni se enteraban de los colorines y líneas que los políticos trazan en los parlamentos, los olivos se entretejían al norte de Despeñaperros como si na. Por que son olivos y no personas para ver un posible monopolio del aceite de Jaén, por ejemplo. Crecen donde crecen.

Pocas cosas sé, pero esta es una de ellas: el hambre no admite patrias. Yo mismo soy inmigrante. Lloro, penita pena, el despoblamiento de Castilla. Mi madre me dijo que mi casa era aquella que sabría darme de comer. Y sin embargo, pobre Castilla mía, su mesta, sus caminos, sus almenares, qué solitos se nos están quedando.

Pero por otro lado, abro los libros de historia y ¡Dios mío!, que no me atrevo a decir quién tiene más historia, y cuántas arrobas de papel pesan más, si la tuya o la nuestra. ¿No les parece arrogante? Como si la historia pasara gacha por ciertas comarcas, ufana, entretenida en labrar tan solo las diferencias de algunos.

He visto a viejecitos del Bierzo hablando en su particular lengua de valle y sierra de Ancares, mezcolanza y riqueza por si sola: ni gallego, ni leonés, ni nada. Era un todo.

Y para no cansar: Ayer hice mis deberes. He leído el Estatut, disculpen la mención política, ayer escuché a partes y contrapartes y por el momento, oigan, que no me entero. Que me lo expliquen Vds.

Para pasar el rato, leo a Benedetti. Sé que no tiene nada que ver con el asunto (¿o no?), pero mientras nos aclaramos, tenemos un punto de reflexión (o de inflexión). Que bien hace falta.

La nación es una manzana
una roja invitante manzana
y no sabremos quién la morderá

la nación es una corneta
una ronca gastada corneta
y no sabemos quién la sonará

la nación es una langosta
una atlética horrible langosta
y no sabemos quien la matará

Ah, nosotros estamos por la Reforma
o sea ahogar las cornetas en su tinta
y comer las manzanas con su cáscara
e invitar las langostas al té de los domingos

claro que estamos por la Reforma
o -en otras palabras- contra la Reforma
y ya que el prestigioso colega nos recuerda
que el once por ciento de nuestros lactantes
son comunistas y útiles cretinos
nuestro próximos slogan tendría que ser
démosles biberones con arsénico

así estaremos moralmente preparados
para regar con método y tal vez con piedad
la tierra de los hombres de buena voluntad.

viernes, octubre 28, 2005

El portarretratos












De suma eternidad
de pétrea longevidad
de verdad
y de ti

amueblo mi vida
de fancine tecnicolor

tengo un arca de madera
y un portarretratos de plata usado

sé que en mi cartera caben
más que folios rotos

a veces duelen lento
a veces pesan tanto.


lunes, octubre 24, 2005

Lo escuché de un anciano


Lo escuché de un anciano, ya ciego, apostado en una esquina del Albaycín. Juraba que los moros habían ocultado un tesoro en Granada, puede que en alguna cueva del Sacromonte. Y Olé. Eso debió ser hacer la tira de años, huyendo ellos de Granada, cuando los Santos Reyes Catódicos dilucidaron su segunda hégira.

La historia parecía convincente porque sí no, digo yo, ¿qué hacían todos aquellos turistas paseando calle arriba, cuesta abajo, en chanclas y fotografiando la ciudad? ¿Qué buscaban? Pensé que seguro alguien más sabía lo del tesoro, se había corrido la voz o tal vez aquel vegete había cantado a diestro y siniestro y aquellas gentes, los alucinados turistas, no iban a parar hasta encontrarlo. Había, pues, que darse prisa si yo quería ser su rescatador. Y el viejo hincaba las cuencas de sus ojos, albura de salina y elevaba su mirada hacía el vacío, quien sabe si hacia Generalife, quizás hacia Plaza del Salvador.

Le di unas pocas monedas para que continuará su relato: en realidad, todas aquellas tierras habían pertenecido a los tristes moritos. Nosotros tan solo tuvimos por misión acompañarlas durante su ausencia, hacía ya casi medio milenio. Casi. Y muy pronto vendrían, vencido el arriendo. Como infatigables caseros que fueron, querían las bellezas de Granada restituidas. Todas, hasta aquel particular tesoro, escondido en cualquier recodo de la ciudad.

Borracho de melancolía (era la tarde de mi partida después de un accidentado fin de semana) le creí todo, punto por punto.

Ahora, adormilado en el TALGO y de regreso a Madrid, vagón número dieciséis, repaso las instantáneas que tomé aquellos días por si hubiera mayores pistas. Espero que ningún otro se haya percatado, pero ya tengo recopilada una singular lista. Y no pienso publicarla, so pena que en un descuido se revele el enclave definitivo del tesoro. Lo quiero todo para mi. No le diré nada al anciano, de eso estoy seguro.

En fin. Ciertas o no mis suposiciones, serán excusas para escaparme otro fin de semana. Porque todos los que fueron hacen certera promesa de regresar algún día, tarde o temprano. Eso dice hasta la canción.

Y fíjense, todavía deben quedar soñadores. Aunque muchos nos llamen crédulos. Pero somos más de lo parece, muchos los que visitamos Granada. Siempre para volver.

Viaje (galáctico) de Antonio Machado





Hace tiempo que os hablé de la revista electrónica Ariadna.

Parece increible, pero permanecen fuera aparte de la moda fiera esta de las bitácoras. Por algo será, que será que lo bueno ni abunda ni es necesario vestirlo de sedas o tules. Es bueno por si.

Publican poco, y ahora he leído su número de otoño. Canela fina.

Tuve el honor, a principios de este año de que me publicasen unos poemas: LA SOLEDAD DEL COSMONAUTA.

Ahí va el segundo, titulado: Viaje (galáctico) de Antonio Machado


Caminante no hay camino
sino estelas...
El cosmonauta sueña
su feto flotando por la cosmografía del vientre materno


(a merced del silencio)

la noche parecida al líquido amniótico
y la vía láctea con su cordón umbilical.

Porque fueron voces que recuerdan antiguos paraísos arcanos
y son laberintos resonantes que jamás nos devolvieron

(a merced del silencio)

serán destinos secuestrados de un largo viaje
que fue, en parte, feto castrado

y en todo, naufrago de mar.



miércoles, octubre 19, 2005

Shi Hengxia


Furong Jiejie, Sister Furong, Sister Lotus, Sister Hibiscus: Flor de loto, joven hermosa.

Todos quieren serte, todos quieren compartir tu entrada en Wikipedia. Ni Galieo ni Newton ni Proust. Todos.

Ya sé que eres torpe, engreída, altanera y tal vez viciosa. Ya sé que eres el espejo donde mirarnos la caspa global, nuestra miseria y vacío, nuestra obesidad, tu pecho caído.

Pero amo tu simplicidad como se ama la tarde que se va, para dejarnos.

Sé que mis palabras no contribuyen al talento cósmico, que se derretirán en la boca. Pero no dejes nunca de bailar, tienes tras tu figura mil millones de seres amarillos que temen mirarte con concupiscencia.

Y ya son tres mil millones en el planeta. Yo uno más.

martes, octubre 18, 2005

Cuéntame como pasó.

Para aquellos lectores españoles que vieron el pasado programa de "Cuéntame como paso" (http://www.cuentamecomopaso.net/).

Allí, Carlos Alcántara leyó en público con gran revuelo, en la emisora nacional, el poema "EL CRIMEN", de Antonio Machado, poema que fue prohibido durante la etapa francista.

Os confieso que siempre ha sido unos de mis poemas preferidos, poema referente de los mundos de Lorca y Machado. Y creo que de todas los poemas que trazán el asesinato del poeta, éste es el mejor con diferencia.

Aquella misma noche se lo leí a mi mujer, que no lo conocía hasta entonces, casi de memoria. Sin embargo, en el capítulo de la serie, eché de menos que el poema fuese leído, completo, en altavoz, en primer plano, que todos los oyentes de la emisora nacional en "primetime" lo retuviesen. Por eso escribo estas líneas, para que aparezca completo y lo voceo, llegue donde llegue.

Y para los compañeros americanos y el resto: ya sabéis que Lorca fue maricón, poeta, señorito culto, en fin, diferente al resto, señales suficientes para liquidarlo. Corren tiempos difíciles, porque en el mundo, miles de Lorcas son asesinados en dictaduras por razones similares.

Este poema, por eso, sigue teniendo sentido. Y más.

EL CRIMEN.

"Se le vio, caminando entre fusiles,
por una calle larga,
salir al campo frío,
aún con estrellas, de la madrugada.
Mataron a Federico
cuando la luz asomaba.
El pelotón de verdugos
no osó mirarle la cara.
Todos rezaron los ojos;
rezaron: ¡ni Dios te salva!
Muerto cayó Federico
-sangre en al frente y plomo en las entrañas-
...Que fue en Granada el crimen
sabed-¡pobre Granada-, en su Granada..."

lunes, octubre 10, 2005

La máxima recompensa


En las viejas ollas de mi madre se cocinaron tantos platos que no cabría lista o libro redactado para contener la minuta. Kilos y kilos de puerros, alubias, lentejas, arrobas de garbanzos, incontables cuencos de sal gorda o fina junto a mares de granos de pimienta.

Canturreaba coplas de la Piquer, mientras removía los pucheros con el ojito bien pegado al borboteo del agua. Mi madre fue siempre una mujer paciente: supo deslindar sus largas horas junto al cocido... casi la misma perseverancia del agricultor, que día a día miraba al cielo por si las nubes trajesen pedrisco.

Siempre me pregunté de donde sacaba aquellas ocultas habilidades; estirando las sobras para reclutar los platos del día siguiente, en pertinaz y fecunda lucha con los precios de la plaza, hubo cargado (literalmente, arrastrado) toneladas de viandas a los fogones de la cocina para así remedar nuestros gustos antojados de infantes.

De ella aprendí muchas cosas: que la gula es pecado, aunque también lo sería dejar restos de comida en el plato.

Recuerdo que fue la cocina un coto vedado al desaliento. Me sentaba en lo alto de la silla de fornica, las patas cromadas y espigadas, mis piececitos colgando, y me atolondraban sus movimientos dirigidos para la disección precisa del pollo, la mondadura de la patata, o tal vez, el rebanado preciso de la cebolla.

Cuando los fuegos bullían ocupados por las frituras, cocimientos y guisos, mi madre se detenía y descansaba. Entonces me miraba y asentía con la cabeza, enarbolando una inmensa sonrisa, como quien se regocija de la lección bien enseñada.

Entonces tomaba un gran tazón de leche y se detenía a compartirlo conmigo. Sentados en la inmensa mesa que dividía nuestra humilde cocina, me contaba luego noticias sobre mi padre, lejos, tan lejos en la mar (pues fue marino mercante), y será por esto que aquellos vapores y humos de lumbre siempre los asocié con tierras lejanas, a los océanos y mares del Índico. Y aunque los platos que nos preparó durante aquellos largos años no fueron ni exóticos ni sofisticados, siempre me pregunté, cuando tiempo después hube visitado aquellos parajes remotos, por qué las playas paradisíacas no tenían aquel regusto a cazuela de bonito. Y por qué en los puertos de la Patagonia, las vacas mugían desconsoladas, ajenas al aroma de su propio estofado. Y por qué las naranjas de California no sabían a la base de bizcocho de las tartas de los domingos.

Mi primer mundo fue descubierto por las manos cocineras de mi madre.

Y ahora que he envejecido y mi madre marchó hace tiempo, cuando vuelvo a casa tras abandonar la oficina o después tras un presuroso y hastiante peregrinaje comercial, cuelgo los bártulos para navegar así por las perolas y sartenes de mi cocina. Todo suena a rito renovado: La bruja de Macbeth conjuró los espíritus en su caldero. Yo convoco los míos: las lágrimas de la cebolla, el sofrito, los medallones de merluza... todo tiene su lugar, el lugar de las cosas importantes; mis sueños se concilian, mi torpe realidad externa deja de preocuparme un ratito.

Sé que pronto cocinaré para mi hijo. Desearía trasmitir con fidelidad las enseñanzas de mi madre. Cuando sus manitas tropiecen con la cuchara guiada hacia su diminuta boca abierta, habré comprendido el fin de la sonrisa de mama. Ella hubo aprendido de la abuela que los guisos de la cocina guardan el amor más entregado y nutricio: el amor que no espera otra recompensa.
Aquellos guisos dejaron grabada la lección en mi corazón. Y si luego rememoro las recetas (y las ojeo, apuntadas a los márgenes del librillo que me regalase al marchar de casa), las dictaré en voz baja, imaginando como ella misma condimentaría pacientemente los platos de su nieto, el nieto que habrá de continuarnos con voz renovada de familia.

lunes, octubre 03, 2005

Fragmento de Spanish Texas


Permitidme que os muestre un fragmento de "Spanish Texas", un pequeño proyecto en el que estoy trabajando estos últimos meses.

Aquel lunes había vomitado lo suficiente como para levantarse demasiado tarde. Era medio día. Se sacude la cabeza y descalzo, se arrastra al cuarto de baño. Su rostro, en el espejo, le produce cierta sorpresa. Se frota la nariz y saca la lengua con sorna: será la imagen (misma) que se refleja en aquel marco descolorido, el garabateo de sus fauces, su inmensa barrigota flácida. Se desnuda, arrojando lejos el pijama. Manipula el grifo para que salga agua caliente, y mientras espera, se golpetea los muslos. Al son, tararea. Ritmo mágico, oriundo de playas lejanas. Tal vez una bachata machacona de no sabe que cedé de moda. Contra el rumor de la ducha oye que lo llaman por teléfono. Una, dos, tres veces. Espera con satisfacción a que salte el contestador: era la secretaría del bufete, recordándole la fecha de entrega. Jodidos impacientes.

Con el paso de los minutos empieza a recordar y su cerebelo se despereza; aquel bar de copas, la música de fondo, el dance con las putas. La noche pasada: le parece un camino largo, recorrido hace casi una eternidad, impreciso, que se dibuja en su memoria como una ensoñación acaramelada. Se siente sencillamente realizado, feliz, ya no recordaba cuanto tiempo hacía que fumaba marihuana o se iba de nenas. Ahora que lo piensa le gustan cada vez más, y sobre todo, las putas negras. Como la chupan. Como se menean encima. Como hincan su culete. Le gustaba pagar, por supuesto, y más ahora, que por fin podía hacerlo. Con la billetera llenita de euros. Llegar a la güesquería, acomodarse en la barra y esperar a que le entren a uno. Desvanecerse con las luces rojas y cutres de la barra. Ayer, por fin, pudo visitar su pequeño paraíso, patrocinio feliz de los familiares de Laura Buendía. Y se ríe: jodida ironía, aquella triste niña muerta, encontrada con un picha floja; se le ocurre que quizás Laura completase su tercemundista salario en la productora haciendo de buscona por horas. Terrible contradicción. Si fuese del tal guisa, la muerte de la niña había pagado su revolcón. La puta pagando a la puta. Todo queda casi en familia.

Entonces, con el chorro de agua hirviendo sobre su cara, empezó a comprender que algo gris sucedía, y no sabía cómo, había encontrado un nuevo pedazo del puzzle; saltó con prisa, dejando el reguero tras sí. La toalla anudada hasta su dormitorio. Sobre la cama, despanzurrada, la carpeta y las fotos del accidente. Los cuerpos ensangrentados, la nieve, los rostros desfigurados:

-... Ya sé quién cojones eres, jodido muchacho...

jueves, septiembre 29, 2005

Ni idea de yates


Aunque nunca haya tenido idea alguna sobre yates, aquel me parecía uno enorme; casi la mitad de un campo de fútbol. Era la sensación. Conté una, dos, tres y brinqué al mar. Todo parecía maravilloso: Las muchachitas paseando su palmito. Otras, recostadas, y de entrañables pucheros, con una copichuela de Don Perignon. Fantástico. Tres cubiertas. Veinte empleados de servicio, etc, cifras que bailaban (a ritmo pijo) en mi cabeza.

Hoy me sentía en mi salsa, parapetado contra las olas, voyeur travestido en una fiesterilla de jugadores de polo. Había sido invitado de rebote, por un antiguo compañero de tuna de Facultad, a quien la vida había premiado en segundas nupcias con la nuera del armador del barquito. Qué suertudo. Celebraban un encuentro de obligada asistencia cuando perteneces a la jetset de veraneo.

Así pues, como soy bastante caradura no supe negarme, aun sabiendo la diferencia de clases: y deben reconocerlo, soy mucho más guapo y joven que ellos. Fue divertido: me pasé el día tonteando y debía de resultar bastante extraño, con mis bermudas largas y floreadas, todo pálido, igualito al encalado de mi casa de Málaga y mis gafas de plasticucho, imitación a las de Armani.

Luego llegó la noche, se encendieron las luces. Música de los Juanes a bordo. Conversación insustancial, el puerto de Algeciras por fondo. Me sentía distinto, qué digo, mejor, superior, de crucero. La brisa traía aromas de pescadito frito, reminiscencias de los chiringuitos de playa.

No sé cómo llegué al puesto de mando del yate, donde un viejo marino de mar fumaba en pipa mientras descifraba mi facha. Su larguísima barba blanca le daba un toque peliculero. Capitanes intrépidos, pensé con guasa. Me saludó y nos presentamos. Resultó ser una persona franca y sencilla. Pronto confraternizamos. Hablamos del mar Mediterráneo.

De improviso mudó su sonrisa, y de un pequeño cajón sacó unos prismáticos. Miró mar adentro, escrutando el infinito resplandor de la línea del horizonte. Al cabo de unos minutos tomó la radio y avisó a los guardacostas. Alerta por aquella visión me señaló un punto que parpadeaba en una pantalla del cuadro de mando. Era el radar.
Me encogí de hombros."Otra patera a la deriva.", dijo. Y nos quedamos en silencio. En su frase la impotencia olía a salitre y sus ojillos temblaban, como quien alcanza con una aguja homicida un recodo abierto a la madera más seca e impenetrable.

lunes, septiembre 26, 2005

La fragilidad del monte y la memoria


Ya que la memoria humana es frágil como la rama del retoño del olivo, pronto se olvidarían del monte quemado. Sin más. Dejaron de visitar aquellos parajes, de pasear sus cresterías, sus despeñadas, de reposar los senderos, de transitar las encrucijadas. Decidieron no reforestarlo.

Las fincas se abandonaron. Murieron los abuelos, los últimos que habían jugado junto al centenario olivar. Y todos ya creían que aquellas montañas siempre habían sido así de feas, secarrales horribles donde los relámpagos se estrellaban. Y borraron la hermosa ermita de sus retinas.

Después la ciudad creció como una telaraña, las torrenteras fueron asfaltadas, las viejas pistas fueron transformadas en modernas avenidas numeradas par e impar. La cumbre edificada con un centro comercial de cristal esmerilado. Se taladró la montaña. La maquinaría pesada desbrozó el último arbolado. Se desmocharon los cerrillos. Y los esbeltos rascacielos competían por alcanzar el firmamento.

Pobres, ricos, cualesquiera, hacinaron las colinas. Crecieron barriadas asfixiadas y las laderas eran ahora decorados de tejaditos multicolor. Del monte extinto, el efímero parquecillo acorralado, la última fuente, el manantial contaminado que una tarde de abril hubo dejado de brotar por agotamiento.

A pesar de todo, algo nos había quedado de aquel mundo perdido: sus palabras. Recuerdos de cuando por el paseo de la cañada transitaba el ganado, cuando cruzar el paso donde ubicaron la antena de televisión significaba una temeraria travesía de una jornada, de las loberas y los nidos de águilas del contorno que nombraban ahora retorcidos callejones.

Los niños las estudiaban en la escuela. En su imaginación, la ciudad se transformaba por el rumor de la vegetación, el trasiego de los animalillos del bosque y la plazas, avenidas, se repoblaban fantasmalmente fruto de aquel accidente toponímico de la memoria. Luego los chavales salían al patio, recreando aquel mundo desaparecido. Se maravillaban como detrás de aquel gran edificio de un banco podía hacer crecido una pequeña dehesa. Y juraban que de mayores harían todo lo posible por arreglar aquel absurdo desaguisado, cambiarían lo que fuese necesario por recuperar su monte, aunque bien mirado, cuando crecían, sus quehaceres les iban apartando de aquel recto deseo y la pátina del olvido anestesiaba los sueños de la infancia.
Únicamente apuntarles este último detalle, casi desapercibido por insignificante. El paseo del cauce todas las primaveras se inundaba, como si la naturaleza cabezota, reclamase un territorio, que por otro lado, de por siempre le había pertenecido.

Nota: La fotografía fue tomada este verano en Óbidos (Portugal) por mi.

martes, septiembre 13, 2005

De vuelta en casa:

Gafitas retro ahumadas, cinturita melosa y regordeta, el cálido sabor de la brisa que se va.
Esto es Madrid: esta jodida ciudad, sus prisas y sus ascos. Ya no me acordaba, pero tengo envidia hasta de mi vecino. Su coche corre más y el muy cabrón es (encima) funcionario.

Y aquí me tenéis, encerrado en la urna de cristal de la oficina. Mascullando mi nausea.
Mirando por la ventana del ordenador. Solo, muy solo, cochinamente solo.

Quisiera volar como la lechuza y como ella misma, hacerme de noche y otear el horizonte.
Un año más, la mochila a cuestas, soy colegial del nuevo curso, 2005-2006,
ayer me compré los libros y la columna me llega al techo.

Tan solo un detalle. Mi blog. Amado compañero. Bebida infanticida. Polvo perverso.
Estimado canalla.

Saludos a todos,

_____________________

Pequeña noticia: me han publicado un microrelato "Corazón de encina". Leedlo y me decís.

http://www.margencero.com/relatos/relatos_index.htm

jueves, julio 28, 2005

Amigos, este mesecito de Agosto lo dedicaré al relajo. Hasta los poetastros necesitan un tiempo de asueto para lamer las heridas y escribir para si mismos. Perdonadme si el ritmo de publicación se resiente. Es la canícula, también.

Mikelow voló, en sueños alcanzó por fin el alto otero para reposar junto a la lechuza.

La lechuza tenía ojos tristísimos; Ojos cansados por la espera.
La noche seducía su grito acartonado, híbrido, de miembros desproporcionados: Era la noche digna.

Las palabras de la lechuza silbaban, Mikelow se agita entre fiebres en la cama.
Hay en la meseta de Alabama un calor tórrido de Agosto, un sabor a rancho viejo, un olor a película quemada.

En el motel de carretera, Mikelow sueña su destino de transeúnte.
A veces quisiera arrancar del narrador palabras mágicas de consuelo.

Cuando despierte el detective,
tomará su café con galletas, el Ford Galaxy, y del camino, un plano de carretera por compañero.

Hoy se marchó el viejo Mikelow de viaje.
En las barras de los clubes, las putas beben ron cubano:

Mikelow y sus bermudas, marcando el estribillo, la música en la radio.

lunes, julio 25, 2005

El físico imaginario (última entrega)




(Después de bastante tiempo, el final del relato. Debe ser cosa del verano. Sudar y sudar. Las partes anteriores del relato son http://eloterodelalechuza.blogspot.com/2005/06/el-fsico-imaginario-parte-1-de-3.html y http://eloterodelalechuza.blogspot.com/2005/06/el-fsico-imaginario-entrega-2-de-3.html. Tiempo de lectura: 10 minutos y la pensadita posterior)


Finalmente llegó la carta confirmando la fecha del traslado. Habría de empaquetar todos los mecanismos con sumo cuidado, y junto con toda la documentación, trasportarla en furgón. Él viajaría también, para proceder a la definitiva reconstrucción y ulterior presentación de su dispositivo a la Comisión y al público en general.

El empresario hizo un silencio en su extraña narración. Parecía emocionado. Acercó la botella de pacharán y llenó nuestras copas. Hizo un brindis cortés y vació su baso de un trago. Sus ojos, de vidrioso azul, resplandecían, casi adolescentes.
- ¿Y dígame, pues, qué sucedió? – mi tono de voz parecía alterado; extraño por aquel relato, del cual ahora yo exigía no fuese detenido...
- Abreviaré para serle útil. Hijo, fueron meses duros aquellos, de los que la memoria apenas nos trae más que débiles recuerdos. Y sin darse cuenta, fue que llegó la fecha señalada. Por siempre recordaría nuestro jovenzuelo aquella precisa tarde al sabio, responsable de la Comisión, en su laboratorio de física, mesándose las barbas, ralas, grises, huidizas. Parecía absorto ante los dibujos y galimatías de la máquina. Sin embargo, de cuando en cuando, alzaba la cabeza y escuchaba las palabras del muchacho con un punto de sonrisa en su boca, para anotar sus comentarios en la libreta. Finalmente alzó el gesto y muy serio comenzó su exposición. Usted sabe cómo los sabios miden sus palabras, y éste parecía pertenecer al grupo más acendrado de estos. Alzó la voz y le dijo, directamente, que ciertamente le sorprendía su osadía, pero que lamentablemente la máquina nunca podría funcionar, y que no era necesario entender toda aquella construcción ni perder más tiempo. Salvo que cambiaran las leyes de la naturaleza. Parecía dar por concluido el asunto. Así de simple.

El chaval rompió a llorar. Fue un momento, breve, de debilidad. Pero lo suficiente como para confesar al sabio cómo hubo abandonado su aldea, huyendo de la miseria, y cómo había copiado los diseños de un antiguo libro que ganó en una partida de cartas a un buhonero. Fascinado por aquellos dibujos y deseoso de alcanzar la fama, creyó que modificando las tensiones y configuraciones de las poleas y mecanismos, alcanzaría su éxito.

Durante los últimos meses había estudiado y leído cientos de libros de mecánica. Lo que inicialmente creyó una torpe astucia adolescente para engañar a sus conciudadanos y ganar algún dinero, se había convertido en su única obsesión y en su mayor ansia, una transformación animosa de su espíritu.

Pero ahora, justo antes de presentar su obra, se daba cuenta de lo fútil e inútil de la quimera. De su inconsciencia. Inocente, soñó que podría engañar a labriegos o codiciosos comerciantes pero nunca a un sabio. Y sabía que finalmente el resto se daría cuenta de su montaje y se burlarían de él, marginándolo. Se hundiría por siempre en el anonimato sin haber alcanzado su sueño: aquella máquina de movimiento perpetuo. Sin embargo, este hombrecillo, había sido el único que había sabido abrirle los ojos, primero porque conocía la ciencia cierta y segundo, porque no buscaba otros intereses tergiversados. Y entonces también se dio cuenta de lo engañado que había estado: quizás el resto, detrás de sus felicitaciones y tibios apoyos, escondían una pesada y sórdida burla de menosprecio.

Solo entonces, el empresario hizo una última pausa en la historia. Me guiñó un ojo y chascó la lengua como con disgusto. Me mordía la lengua de emoción. No entendía nada. Mi pensamiento se precipitó fuera del relato. De sopetón, me espetó una pregunta rabiosa. Fue la única vez que me tutease en aquella comida.

- Dime, ¿qué habrías hecho tú en su caso? Quiero decir, en el caso de haber sido aquel rapaz de la historia.

Interpelé al secretario con un pesado gesto de hombros, pero éste evitó cualquier respuesta. Se entretenía encendiendo su puro, y permanecía absorto rompiendo la preciosa vitola cual profesional cirujano.

- Y bueno... ¿Qué hubieses intentado ... ? – Repetía su pregunta mientras daba el primer par de chupadas y el humo desdibujaba su rostro. El tiempo se agotaba... tartamudeé improvisando una respuesta.
- Hombre... ¿Sabe? Podría haber maniobrado con rapidez... creando confusión... cancelando y posponiendo la presentación para ganar tiempo... en realidad, hubiese sido fácil hasta contrarrestar la posición del sabio con nuevos especialistas contratados por los industriales... argumentando que siempre existen principios tecnológicos por descubrir... que aquello era una innovación diferencial, mal entendida por los científicos del Ministerio.
- ¿Pero...? – Se reía, con su papada columpiándose repugnantemente, mientras estrujaba con su pregunta mis sesos. Era el tono, los gestos, que delatan mis dudas. Cuando me percaté de la celada escondida en aquella historia, casi se me saltan las lágrimas. Podía desperdiciar mi oportunidad. Continué, prácticamente tartamudeando. Y dije:
- ... Hubiese cumplido mi cometido... la empresa habría cosechado hasta buenos resultados durante cierto tiempo... las acciones se habrían revaluado lo necesario para ser vendidas con grandes beneficios... un buen negocio a todas luces antes de que descubriesen el montaje – entonces me sinceré a riesgo de parecer un mentecato, porque prefería ser un nene debilucho con torpes escrúpulos que un traidor. Por eso terminé: – ... y sin embargo no me hubiese hecho feliz. Hubiera ido en contra del sueño. – Y me quedé luego mudito, la cabeza alta. Seguro de mi contestación porque era digna de mis propias ideas. No me importaba qué pensase aquel gordinflón. Y si no me financiaba, ya buscaría otros banqueros.

Afortunadamente aquella respuesta causó su efecto. El empresario finalizó el cuento.

- Siempre recordaría, pasados tantos años, aquella tarde. Como delante de los periodistas, los fríos responsables de la corporación que patrocinaban su trabajo, el alcalde y los convecinos, el sabio anunció que aquellas hermosas cavilaciones nunca funcionarían en la práctica. No pasaban de ser un torpe sueño, una pantomima contraria a las leyes fundamentales de la física. Entonces unos murmullos de desencuentro invadieron la sala. Muchos se marcharon indignados. Cuando se volvió a hacer el silencio en la sala, el sabio continuó su exposición: y dijo que, pese el fracaso, el valor de aquel esfuerzo radicaba en su ingenio, su imaginación e inventiva. También dijo que nuestro futuro se mide por el número de tropiezos, las irrealidades de nuestros torpes visionarios que confusos, forjarán nuevos derroteros. Seguro que nadie supo apreciar aquellos cumplidos, porque finalmente el jovenzuelo se quedó solo en la sala junto al sabio. Todos se habían marchado, el alcalde del brazo de los empresarios, sus convecinos, los periodistas, urdiendo la mimbre del escándalo a publicar en la próxima edición matutina. Pero, como quien decide que no ha sucedido nada relevante, el jovenzuelo se dirigió al laboratorio para continuar sus esfuerzos como si se tratase de otro día más, pero esta vez bajo una nueva guía, es decir, apoyándose en los conocimientos de sabio; Al pasar los años, y nacerle las canas, las ideas se asentaron, y construyó, al fin, muchas y nuevas máquinas maravillosas, que sino móviles perpetuos, permitieron a la civilización avanzar y progresar.

De esta guisa finalizó su relato y dio por concluido, sin más, nuestro encuentro. Por entonces, una humareda invadía nuestro reservado y me hacía toser y lagrimar constantemente. El secretario, sacó un pañuelón inmeso del bolsillo y con estrépito y teatralidad se sonó la nariz. Al salir de mi atontamiento me encontré al empresario pagando la cuenta y llamando por su móvil al chofer. Volvía al frenesí de su actividad cotidiana. Miró su reloj y maldijo en voz baja, puesto que llegaba tarde a la siguiente reunión. Casi sin despedirse se marchó. Torpemente me dio la mano sin mirarme a la cara.

Y me quedé solo, jugando con la cubertería de la mesa, meditando sobre el asunto de aquella extraña reunión.

Semanas más tarde llegaría la contestación a nuestra propuesta de negocio. Había sido aceptada.

miércoles, julio 13, 2005

In memoriam

En memoria de las víctimas y sus familias, todos inocentes.

Había vomitado toda la noche.

Por la ventana, la mañana se colaba: tenue, lúcida, ambivalente.
Sara apagó el despertador un instante antes de sonar. El zumbido eléctrico se desvanecía en su mente con celeridad.

Al levantarse, mecánicamente miró la cuna. Dentro, el pedazo de tierra y cielo se desbrozaba en arrumacos. Tomó al primogénito, y en brazos, sonrisa cándida, lo acunó.
El bebé movía sus manitas, manipulando el aire. Pensó, vaya con el glotón, ya me pide otra vez la teta. Mientras lo amantaba, veía, a lo lejos, los últimos embotellamientos de Walthamstow Avenue. Unos se movían rápidamente hacía la estación de cercanías, otros se hacinaban afanosamente con sus furgonetas para preparar el día de mercado.

Todavía con el niño en brazos bajó a la cocina. El piso crujía. La casa donde nació Mary Lou, un antiguo caserón victoriano, había sido prácticamente remodelado por la familia de Azzi. El padre de Azzi (el viejo abuelo) regentaba una frutería en el mercado y su posición era ciertamente cómoda al ser ya un emigrante integrado en la comunidad. El abuelo de la criatura era de origen indonesio, huido de la sangría de Suharto, allá por los sesenta. Abandonando su país llegó a Londres, allí trabajó en la construcción hasta ahorrar lo suficiente para establecerse por su cuenta. Rehizo su vida, allí conoció a su mujer, otra emigrante, esta vez Marroquí. También allí nació Azzi. En el mismo Walthamstow su hijo Azzi conoció a Sara veinte años después. Allí fue concebida Mary Lou. Daba gracias a Alá en sus oraciones por aquella prosperidad recibida.

Dieron las nueve. Ahora Sara le cantaba una vieja canción de cuna a su bebe: en ella, los anglosajones eran vencidos por los normandos, era la batalla de Hastings y corría el año 1066.

Mary Lou tiraba con sus deditos de la larga melena plateada a su madre y su pequeña sonrisa recibía la nana. Escrito contra el frigorífico, una nota estilizada en árabe: era la letra de Azzi. Había tomado el metro muy pronto y le recordaba que hoy trabajaba cerca de la estación de King’s Cross.

Sara recordó todo aquello. Sonrió. Está noche le daría la buena noticia. Porque tendrían esta vez un varón. La parejita.

Anotó cuidadosamente en su recuerdo aquel día: era el 7 de Julio, Jueves.

viernes, julio 01, 2005



Este miércoles, Lidia, Carmen y yo, despachándonos unas cervecitas por Ronda de Segovia. Hablando de literatura. Hablando de la visión del creador, del artista. De su independencia.
Luego al hilo de la conversación, apareció Miguel Hernández y claro está, Celaya.

Ya un lector nos había mencionado semanas antes (http://caleidoscopiodeideas.blogspot.com/2005/06/porque-caleidoscopio-es-ficcin.html) su poesía “como arma cargada de futuro”.

Celaya. Fuerza humana devoradora. A los 17 años conocí su obra. En el instituto, montábamos una revista “Laboratorio Azul”. Impresionado por su “biografía”, leí otros poemas, aunque su impacto fue menor, quizás porque en aquellos tiempos yo buscaba literatura en mayúsculas (Lorca) y Celaya, es sobre todo un ser complejo, con una carga humana brutal. El tiempo ha pasado, a raíz del comentario, retomé sus poemas. Como decíamos, aquella tarde en la terraza del bar, donde todos coincidimos: “Lo mejor de Celaya es Celaya. Su humanidad.”. Será que nos hacemos mayores.

Curioso el poeta: niño de bien, educado para ser élite conservadora de los valores de su época, abandonó la dirección de la empresa familiar para lanzarse al poema social. Lo dejó todo. Luego se desdijo y retomó sus reflexiones abstractas, su formación ingenieril para entender al ser humano. Murió pobre. Su proyecto editorial no fue comprendido en una España ceniza y simplona. Recuerdo además que el Estado tuvo que ofrecerle una renta o así para que subsistiera en sus últimos años de vida. Torpe arranque de escrúpulos el nuestro.

"Biografía"

No cojas la cuchara con la mano izquierda.
No pongas los codos en la mesa.
Dobla bien la servilleta.
Eso, para empezar.
Extraiga la raíz cuadrada de tres mil trescientos trece.
¿Dónde está Tanganika?
¿Qué año nació Cervantes?
Le pondré un cero en conducta si habla con su compañero.
Eso, para seguir.
¿Le parece a usted correcto que un ingeniero haga versos?
La cultura es un adorno y el negocio es el negocio.
Si sigues con esa chica te cerraremos las puertas.
Eso, para vivir.
No seas tan loco.
Sé educado.
Sé correcto.
No bebas.
No fumes.
No tosas.
No respires.
¡Ay, sí, no respirar!
Dar el no a todos los nos.
Y descansar: morir.

El poema "Biografía" es del propio Gabriel Celaya y el dibujo de Juan Luis Goenaga,
que realizó para su homenaje, en 1976.

lunes, junio 27, 2005

El principio de ‘Le Chatelier’.



Luego fue que pisó el acelerador, suavemente. Y el atasco de la N-I desapareció, lejos. Y llegamos al puerto. A mi lado, las estribaciones del Guadarrama, sus crestas erguidas, envalentonadas. Miré la hora; La tarde se asfixiaba y el sol de junio, altanero, hería los pinares por las alturas.

Entorné los ojos. Diría que me quedé transpuesto. En la radio, qué se yo: una sordina de voces, una vicisitud laxa de músicas y noticias. Zarandeado y embotado por el sueño (el cuello de goma, flexible, jirafesco) tomamos un desvío, casi justo en la cumbre, para hacer una parada técnica, café en mano. Era una pequeña casa rural.

Allí Raquel, sentados fuera, al cobijo del alero y de fondo con el canturreo de los pajarillos, me habló del principio de Le Chatelier. Ella lo tenía bien claro. Me dijo:

- Cuando un sistema es sometido a una tensión, éste reaccionará con igual fuerza para compensarlo.

Sonreía maravillosamente mientras lo contaba, quizás por mi cara de tontuelo. Yo recordaba aquella ley, desvanecida en mi memoria, casi del Bachillerato. Pero ella es Química y entiende la realidad a través de estos conceptos. Lo tiene grabado a fuego.

Habíamos hablado del mismo tema muchas veces antes y ahora se repetía como un sacrificio al trasunto del viaje. Hablábamos de la transformación de la sociedad española: libertad de pensamiento y de expresión, tolerancia, pluralidad de modos de vida, solidaridad, modernidad y progreso, frente a los comportamientos recalcitrantes y como, sin saber porqué, otras voces se alzaban, nacidas de Dios sabe donde, contra esta corriente. Voces reaccionarias.

Le dije que me sorprendía su número, eran muchos, demasiados: y me producía pavor. Todo el esfuerzo de las pasadas décadas podía verse desperdiciado. Nuestro empeño democrático, puesto en peligro por este movimiento. Se rió como siempre que me pongo tan melodramático. Era el aire de la montaña, el relajo, que me produce esta posición tan cómica. Me dijo que no debía confundirme. La realidad era así y yo lo sabía. No podemos esperar que todos piensen igual. Es necesario. Aunque sean posturas desalentadoras.

También le dije que cómo habían permanecido en silencio cuando yo ya les creía trasnochados, agotados en su discurso. Y como entre muchas voces, se escuchaban gritos pasmosos de tiempos pasados, sea cual fuese su bando. Fanfarrias que atronaban.

- Ya lo sabes, es el principio. Quiero decir, el principio de Le Chatelier. Hemos digerido muchos cambios y es tiempo de manejar algunas compensaciones. Todos deben tener su voto. Hay que guardar un cierto equilibrio para continuar.

Asentí y vacié de un trago el café. La tarde caía, el sol lamiendo los geranios que se descolgaban tan hermosos por la ventana. Me columpié con satisfacción. Me dije:

- Buen trabajo éste, el de mi amigo Le Chatelier. Pues confiaremos.