viernes, marzo 03, 2006

La oración de Caronte

Tras el funeral, que fue más bien breve, Mikelow paseó hasta llegar a los muelles del “Wide-end”. Los rallos cansinos del mes de marzo se desconchaban en los rizos grises y cobalto del río Hudson. Las gaviotas penduleaban ociosas sobre los mástiles de los pesqueros o las cisternas-ataud de los petroleros, camino del Golfo.

Como si el silencio hubiera llenado los recovecos y estancias nínfulas del corazón, el río se agostaba, se interrumpía mansamente y alcanzaba las aguas del Atlántico. Se asomó a la barandilla, al final del paseo: a sus pies, un pequeño dique, y al fondo, una pequeña embarcación, pintada a franjas negras y rojas, donde el capitán esperaba pacientemente la llegada de su presa. Se pasó, quién sabe cuántas horas, días, hipnotizando el horizonte de fondo. Todo fue en vano.

El tiempo se había consumido por completo, apenas restaba el justo instante para entonar la oración de Caronte.

martes, febrero 21, 2006

I saw the best minds of my generation destroyed by madness...

Con estos premonitorios versos se nos despacha el obsceno Allen Ginsberg en su irrefutable poemario, "AULLIDO".

Para quien no le conozca aún, otro poeta loco-maldito, carne de cañón de los medios atiborrados, borracho, drogadicto y transgresor de una sociedad americana de mitad de siglo XX, dicotomizada entre buenos y malos, un canto pervertido y desgraciado a los perdedores, a los diferentes, a los castigados.

Sepan que lo recupero con una maldad horrible y sepan que hay muchas razones precisamente en estos momentos. Últimamente se nos impone un afán por moderar tontamente nuestras palabras, como si pudieramos con nuestras ideas alocadas y desabridas arañar a los dioses.

Pero como dicen por ahí, los dioses deben estar aún más locos si cabe, quizás porque muchos profetas hablan a sus oídos y les dictan las palabras que luego nos obligan a aprender, punto por punto. Palabras taimadas.

Espero que Allen, esté donde esté, no se dedique a este burdo menester.

(tiempo estimado de lectura de la primera parte del poemario: 10 minutos. Traducción de Rodrigo Olavarría)


Para Carl Salomón

Vi las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, hambrientas histéricas desnudas,

arrastrándose por las calles de los negros al amanecer en busca de un colérico pinchazo,

hipsters con cabezas de ángel ardiendo por la antigua conexión celestial con el estrellado dínamo de la maquinaria nocturna,

que pobres y harapientos y ojerosos y drogados pasaron la noche fumando en la oscuridad sobrenatural de apartamentos de agua fría, flotando sobre las cimas de las ciudades contemplando jazz,

que desnudaron sus cerebros ante el cielo bajo el El y vieron ángeles mahometanos tambaleándose sobre techos iluminados,

que pasaron por las universidades con radiantes ojos imperturbables alucinando Arkansas y tragedia en la luz de Blake entre los maestros de la guerra,

que fueron expulsados de las academias por locos y por publicar odas obscenas en las ventanas de la calavera,

que se acurrucaron en ropa interior en habitaciones sin afeitar, quemando su dinero en papeleras y escuchando al Terror a través del muro,

que fueron arrestados por sus barbas púbicas regresando por Laredo con un cinturón de marihuana hacia Nueva York,

que comieron fuego en hoteles de pintura o bebieron trementina en Paradise Alley, muerte, o sometieron sus torsos a un purgatorio noche tras noche,

con sueños, con drogas, con pesadillas que despiertan, alcohol y verga y bailes sin fin,

incomparables callejones de temblorosa nube y relámpago en la mente saltando hacia los polos de Canadá y Paterson, iluminando todo el inmóvil mundo del intertiempo,

realidades de salones de Peyote, amaneceres de cementerio de árbol verde en el patio trasero, borrachera de vino sobre los tejados, barrios de escaparate de paseos drogados luz de tráfico de neón parpadeante, vibraciones de sol, luna y árbol en los rugientes atardeceres invernales de Brooklyn, desvaríos de cenicero y bondadosa luz reina de la mente,

que se encadenaron a los subterráneos para el interminable viaje desde Battery al santo Bronx en benzedrina hasta que el ruido de ruedas y niños los hizo caer temblando con la boca desvencijada y golpeados yermos de cerebro completamente drenados de brillo bajo la lúgubre luz del Zoológico,

que se hundieron toda la noche en la submarina luz de Bickford salían flotando y se sentaban a lo largo de tardes de cerveza desvanecida en el desolado Fugazzi’s, escuchando el crujir del Apocalipsis en el jukebox de hidrógeno,

que hablaron sin parar por setenta horas del parque al departamento al bar a Bellevue al museo al puente de Brooklyn,

un batallón perdido de conversadores platónicos saltando desde las barandas de salidas de incendio desde ventanas desde el Empire State desde la luna,

parloteando gritando vomitando susurrando hechos y memorias y anécdotas y excitaciones del globo ocular y shocks de hospitales y cárceles y guerras,

intelectos enteros expulsados en recuerdo de todo por siete días y noches con ojos brillantes, carne para la sinagoga arrojada en el pavimento,

que se desvanecieron en la nada Zen Nueva Jersey dejando un rastro de ambiguas postales del Atlantic City Hall,

sufriendo sudores orientales y crujidos de huesos tangerinos y migrañas de la china con síndrome de abstinencia en un pobremente amoblado cuarto de Newark,

que vagaron por ahí y por ahí a medianoche en los patios de ferrocarriles preguntándose dónde ir, y se iban, sin dejar corazones rotos,

que encendieron cigarrillos en furgones furgones furgones haciendo ruido a través de la nieve hacia granjas solitarias en la abuela noche,

que estudiaron a Plotino Poe San Juan de la Cruz telepatía bop kabbalah porque el cosmos instintivamente vibraba a sus pies en Kansas,

que vagaron solos por las calles de Idaho buscando ángeles indios visionarios que fueran ángeles indios visionarios,

que pensaron que tan sólo estaban locos cuando Baltimore refulgió en un éxtasis sobrenatural,

que subieron en limosinas con el chino de Oklahoma impulsados por la lluvia de pueblo luz de calle en la medianoche invernal,

que vagaron hambrientos y solitarios en Houston en busca de jazz o sexo o sopa, y siguieron al brillante Español para conversar sobre América y la Eternidad, una tarea inútil y así se embarcaron hacia África,

que desaparecieron en los volcanes de México dejando atrás nada sino la sombra de jeans y la lava y la ceniza de la poesía esparcida en la chimenea Chicago,

que reaparecieron en la costa oeste investigando al F.B.I. con barba y pantalones cortos con grandes ojos pacifistas sensuales en su oscura piel repartiendo incomprensibles panfletos,

que se quemaron los brazos con cigarrillos protestando por la neblina narcótica del tabaco del Capitalismo,

que distribuyeron panfletos supercomunistas en Union Square sollozando y desnudándose mientras las sirenas de Los Álamos aullaban por ellos y aullaban por la calle Wall, y el ferry de Staten Island también aullaba,

que se derrumbaron llorando en gimnasios blancos desnudos y temblando ante la maquinaria de otros esqueletos,

que mordieron detectives en el cuello y chillaron con deleite en autos de policías por no cometer más crimen que su propia salvaje pederastia e intoxicación,

que aullaron de rodillas en el subterráneo y eran arrastrados por los tejados blandiendo genitales y manuscritos,

que se dejaron follar por el culo por santos motociclistas, y gritaban de gozo,

que mamaron y fueron mamados por esos serafines humanos, los marinos, caricias de amor Atlántico y Caribeño,

que follaron en la mañana en las tardes en rosales y en el pasto de parques públicos y cementerios repartiendo su semen libremente a quien quisiera venir,

que hiparon interminablemente tratando de reír pero terminaron con un llanto tras la partición de un baño turco cuando el blanco y desnudo ángel vino para atravesarlos con una espada,

que perdieron sus efebos por las tres viejas arpías del destino la arpía tuerta del dólar heterosexual la arpía tuerta que guiña el ojo fuera del vientre y la arpía tuerta que no hace más que sentarse en su culo y cortar las hebras intelectuales doradas del telar del artesano,

que copularon extáticos e insaciables con una botella de cerveza un amorcito un paquete de cigarrillos una vela y se cayeron de la cama, y continuaron por el suelo y por el pasillo y terminaron desmayándose en el muro con una visión del coño supremo y eyacularon eludiendo el último hálito de conciencia,

que endulzaron los coños de un millón de muchachas estremeciéndose en el crepúsculo, y tenían los ojos rojos en las mañanas pero estaban preparados para endulzar el coño del amanecer, resplandecientes nalgas bajo graneros y desnudos en el lago,

que salieron de putas por Colorado en miríadas de autos robados por una noche, N.C. héroe secreto de estos poemas, follador y Adonis de Denver -regocijémonos con el recuerdo de sus innumerables jodiendas de muchachas en solares vacíos y patios traseros de restaurantes, en desvencijados asientos de cines, en cimas de montañas, en cuevas o con demacradas camareras en familiares solitarios levantamientos de enaguas y especialmente secretos solipsismos en baños de gasolineras y también en callejones de la ciudad natal,

que se desvanecieron en vastas y sórdidas películas, eran cambiados en sueños, despertaban en un súbito Manhattan y se levantaron en sótanos con resacas de despiadado Tokai y horrores de sueños de hierro de la tercera avenida y se tambalearon hacia las oficinas de desempleo,

que caminaron toda la noche con los zapatos llenos de sangre sobre los bancos de nieve en los muelles esperando que una puerta se abriera en el East River hacia una habitación llena de vapor caliente y opio,

que crearon grandes dramas suicidas en los farellones de los departamentos del Hudson bajo el foco azul de la luna durante la guerra y sus cabezas serán coronadas de laurel y olvido,

que comieron estofado de cordero de la imaginación o digirieron el cangrejo en el lodoso fondo de los ríos de Bowery,

que lloraron ante el romance de las calles con sus carritos llenos de cebollas y mala música,


que se sentaron sobre cajas respirando en la oscuridad bajo el puente y se levantaron para construir clavicordios en sus áticos,

que tosieron en el sexto piso de Harlem coronados de fuego bajo el cielo tubercular rodeados por cajas naranjas de Teología,

que escribieron frenéticos toda la noche balanceándose y rodando sobre sublimes encantamientos que en el amarillo amanecer eran estrofas incoherentes,

que cocinaron animales podridos pulmón corazón pié cola borsht & tortillas soñando con el puro reino vegetal,

que se arrojaron bajo camiones de carne en busca de un huevo,

que tiraron sus relojes desde el techo para emitir su voto por una eternidad fuera del tiempo, & cayeron despertadores en sus cabezas cada día por toda la década siguiente,

que cortaron sus muñecas tres veces sucesivamente sin éxito, desistieron y fueron forzados a abrir tiendas de antigüedades donde pensaron que estaban envejeciendo y lloraron,

que fueron quemados vivos en sus inocentes trajes de franela en Madison Avenue entre explosiones de versos plúmbeos & el enlatado martilleo de los férreos regimientos de la moda & los gritos de nitroglicerina de maricas de la publicidad & el gas mostaza de inteligentes editores siniestros, o fueron atropellados por los taxis ebrios de la realidad absoluta,

que saltaron del puente de Brooklyn esto realmente ocurrió y se alejaron desconocidos y olvidados dentro de la fantasmal niebla de los callejones de sopa y carros de bomba del barrio Chino, ni siquiera una cerveza gratis,

que cantaron desesperados desde sus ventanas, se cayeron por la ventana del metro, saltaron en el sucio Passaic, se abalanzaron sobre negros, lloraron por toda la calle, bailaron descalzos sobre vasos de vino rotos y discos de fonógrafo destrozados de nostálgico Europeo jazz Alemán de los años 30 se acabaron el whisky y vomitaron gimiendo en el baño sangriento, con lamentos en sus oídos y la explosión de colosales silbatos de vapor,

que se lanzaron por las autopistas del pasado viajando hacia la cárcel del gólgota -solitario mirar- autos preparados de cada uno de ellos o Encarnación de Jazz de Birmingham,

que condujeron campo traviesa por 72 horas para averiguar si yo había tenido una visión o tú habías tenido una visión o él había tenido una visión para conocer la eternidad,

que viajaron a Denver, murieron en Denver, que volvían a Denver; que velaron por Denver y meditaron y andaban solos en Denver y finalmente se fueron lejos para averiguar el tiempo, y ahora Denver extraña a sus héroes,

que cayeron de rodillas en desesperanzadas catedrales rezando por la salvación de cada uno y la luz y los pechos, hasta que al alma se le iluminó el cabello por un segundo,

que chocaron a través de su mente en la cárcel esperando por imposibles criminales de cabeza dorada y el encanto de la realidad en sus corazones que cantaba dulces blues a Alcatraz,

que se retiraron a México a cultivar un hábito o a Rocky Mount hacia el tierno Buda o a Tánger en busca de muchachos o a la Southern Pacific hacia la negra locomotora o de Harvard a Narciso a Woodland hacia la guirnalda de margaritas o a la tumba,

que exigieron juicios de cordura acusando a la radio de hipnotismo y fueron abandonados con su locura y sus manos y un jurado indeciso,

que tiraron ensalada de papas a los lectores de la CCNY sobre dadaísmo y subsiguientemente se presentan en los escalones de granito del manicomio con las cabezas afeitadas y un arlequinesco discurso de suicidio, exigiendo una lobotomía al instante,

y recibieron a cambio el concreto vacío de la insulina Metrazol electricidad hidroterapia psicoterapia terapia ocupacional ping pong y amnesia,

que en una protesta sin humor volcaron sólo una simbólica mesa de ping pong, descansando brevemente en catatonia,

volviendo años después realmente calvos excepto por una peluca de sangre, y de lágrimas y dedos, a la visible condenación del loco de los barrios de las locas ciudades del Este,

los fétidos salones del Pilgrim State Rockland y Greystones, discutiendo con los ecos del alma, balanceándose y rodando en la banca de la soledad de medianoche reinos dolmen del amor, sueño de la vida una pesadilla, cuerpos convertidos en piedra tan pesada como la luna,

con la madre finalmente ******
[i] , y el último fantástico libro arrojado por la ventana de la habitación, y a la última puerta cerrada a las 4 AM y el último teléfono golpeado contra el muro en protesta y el último cuarto amoblado vaciado hasta la última pieza de mueblería mental, un papel amarillo se irguió torcido en un colgador de alambre en el closet, e incluso eso imaginario, nada sino un esperanzado poco de alucinación-

ah, Carl, mientras no estés a salvo yo no voy a estar a salvo, y ahora estás realmente en la total sopa animal del tiempo-

y que por lo tanto corrió a través de las heladas calles obsesionado con una súbita inspiración sobre la alquimia del uso de la elipse el catálogo del medidor y el plano vibratorio,

que soñaron e hicieron aberturas encarnadas en el tiempo y el espacio a través de imágenes yuxtapuestas y atraparon al Arcángel del alma entre 2 imágenes visuales y unieron los verbos elementales y pusieron el nombre y una pieza de conciencia saltando juntos con una sensación de Pater Omnipotens Aeterna Deus

para recrear la sintaxis y medida de la pobre prosa humana y pararse frente a ti mudos e inteligentes y temblorosos de vergüenza, rechazados y no obstante confesando el alma para conformarse al ritmo del pensamiento en su desnuda cabeza sin fin,

el vagabundo demente y el ángel beat en el tiempo, desconocido, y no obstante escribiendo aquí lo que podría quedar por decir en el tiempo después de la muerte,

y se alzaron reencarnando en las fantasmales ropas del jazz en la sombra de cuerno dorado de la banda y soplaron el sufrimiento de la mente desnuda de América por el amor en un llanto de saxofón eli eli lamma lamma sabacthani que estremeció las ciudades hasta la última radio

con el absoluto corazón del poema sanguinariamente arrancado de sus cuerpos bueno para alimentarse mil años.



martes, febrero 14, 2006

La venganza más exquisita


Como la rama de invierno desnuda,
estos haikus se contorsionan con los vientos flacos y fríos que me rodean. Son en parte venganza exquisita y en parte conmiseración aparente.

1.

Si los cobardes cupieran en cajas de cerillas,
La mía tendría el tamaño exacto del
tálamo-sarcófago.

2.

Al tahur de sueños
por intereses de almoneda.
Y que no falte.

3.

Hoy los sueños del Marketing
dan fiebre,
son fantasmas trastablillados
por ilusiones.

4.

La competencia urgente es cometa;
A los ejecutivos les divierte
enlazarse con las cuerdas
de Ariadna.

5.

Tengo tres amigos que bucean:
por fantasmas,
juegan al ajedrez
y se mean.

6.

Dime la venganza más exquisita:
Chicle de rosas por
cianuro potásico.

lunes, enero 30, 2006

LA TERAPIA

Hace tiempo que tenía pensado elaborar este post. Y ha llegado el singular momento: es largo, imagino que si os seduce su lectura, deberéis disponer de unos diez minutos. No os pido más. Se trata del primer capítulo de mi novela (no publicada), titulada "LA TERAPIA".

La acción discurre en el año 1350, en las cercanías del cenobio de Santo Domingo de Silos. Estamos en un periodo de transición y desorden, el medievo desinflándose y dando pie a las primeras luces de lo que será la posterior modernidad. Pero ahora la peste arrambla con todo: el rey Alfonso XI muere por dicha enfermedad y le sucede el polémico Pedro I "El cruel" . Pues en este ambiente se cocerá el singular encuentro con un "ser" del cual nadie conoce nada; con aberrantes deformidades, parece a primera vista que se tratara de un horrible animal. Sin embargo su mirada es humana y demuestra una inteligencia portentosa. Si lo razonable sería no dar cobijo a tal aberrante criatura, los monjes deciden acojerlo, e intrigados, le encargan al decano del cenobio la singular tarea de proceder al estudio del "ser" para así berificar su verdadera naturaleza y proceder, después, a la todavía más extraordinaria "Terapia" de humanización, es decir, la transformación de su alma bruta en humana.

Y no os doy más pistas. Serán bien recibidos vuestros comentarios.

___________________________________________

Por desgracia, la Terapia había comenzado demasiado tarde, y tarde habría de terminar. Además, le parecía bastante dolorosa, y lo era, hasta límites alarmantes.

La transformación no resultaba aparente. Había días que sentía verdaderos retrocesos y no podía evitar aquella horrible sensación de flaqueza, dominándolo. Podía parecer que las reclusiones fueran el principal motivo de cada uno de sus diminutos progresos, si bien, como ya acertaba a comprender en su interior, esto no era cierto. Su mecanismo le traicionaba, y por momentos, la Terapia avanzaba, lo conquistaba fatigosamente.

Todos los días había que levantarse mucho antes del alba, el lucero despuntando firme en el horizonte, aunque él nunca lo veía, tras los muros claustrales. Vagabundeaba desnudo cerca del huerto, rebuscando nabos enterrados, escarabajos o patatas, remolacha para alimentarse. La húmeda tierra, la gelidez de la madrugada lo despertaban el primero, para recordarle su real identidad, su repugnante fisonomía y sus costumbres.

Al toque de la primera oración se dirigía a la capilla. Pero antes, la Terapia le exigía vestir con escrupuloso rigor el atavío de la orden. De esta forma, su aspecto físico sería parcialmente tolerado. Los monjes más intransigentes, no obstante, forzaron la construcción de una rejilla que constituía un tabique, justo debajo del coro, donde tendría que permanecer en todas las ocasiones para que su presencia pasara inadvertida.

La memorización obligada de cada uno de los ritos practicados del lugar no resultó dificultosa. La oración le proporcionaría grandes satisfacciones, le ofrecería un encuentro duradero y cotidiano de «Salvación» (aquella «Salvación» que le parecía un milagro con significados insondables).

De aquí que repetía día a día aquellas mismas voces, las repetía para llenarlas de nuevos significados (era la Terapia misma): ora et labora, pero acaso sus enormes deformidades, el dificultoso y renqueante desplazamiento bípedo o aquellas limitadas habilidades manuales, impedían gran parte de las actividades más habituales del lugar. Tal vez fue por esto que le quedó asignada una cotidiana lectura dedicada de los tomos y ejemplares de la biblioteca. Rodeado de copistas y glosadores le fueron seleccionados los títulos que compondrían su educación. En lo que nadie reparó (al menos así fue para la mayoría en un principio) fue en su incomprensible dominio del alfabeto occidental, su erudito conocimiento de lejanas lenguas muertas. ¿Cómo entonces podría realizar tan inteligentes y brillantes comentarios? De memoria repetía a sabios ancestrales, únicamente conocidos por los más doctos. La voz cavernosa, áspera y silbante declamaba sus frases, enunciaba y refería pasajes procedentes de los rincones menos visitados de la Biblioteca. Se ganó un pequeño espacio, donde su consideración y apreciaciones, día a día, tuvieron que ser tomadas un poco más en cuenta.

Tal era el trabajo principal, pero la Terapia le exigía completarlo con nuevas obligaciones, mucho menos agradables; la limpieza de las cuadras y los establos, de los animales. Alcanzar un nuevo estadio y superar el anterior. La suciedad barrida por un cubo de cal viva o un caldero de agua no significa que nos olvidemos, más que temporalmente, de todo aquello que somos. Los animales apestaban, de la misma forma que él lo había hecho (y aún y por siempre le repetían), hedía un animal entre sus excrementos y mientras él los limpiaba, aquellos animales le miraban y sus berridos le señalaban como un pobre ejemplar desahuciado en tierra de nadie, mudando, transformándose en algún otro ser, todavía mucho más repugnante que ellos mismos.

Se repetía: la Eucaristía significa la transustanciación, la total conversión del pan y vino en el cuerpo y sangre de Cristo. Aquel misterio infinitamente repetido, sorprendente a sus ojos y que el resto consideraban un hecho cotidiano. Sin embargo, él no era capaz de verlo (aquello no se ve con los ojos humanos, se ve a través de la fe). Pero ¿y si sus ojos iban paso a paso humanizándose, cómo podría ser tan ciego como para no distinguir el continuo milagro de su transformación? Aquello le dolía en sus lágrimas recién conocidas, la Terapia se iba depositando laminarmente en su alma.

Los días de mercado iba acompañado hasta la villa silense y vendía las hortalizas que trasladaba a la gran plaza en carro. El camino zigzagueante descendía sinuoso, el burro tropezaba y resbalaban los cascos en las piedras mojadas. Descubría rostros consumidos por el sufrimiento, cansados y gastados hombres de formas escondidas tras aquellas ropas. Los niños perseguían el carro de los monjes, ya que sabían que los más piadosos entregaban los restos que no habían vendido de vuelta del mercado. Aquella extraña procesión le perturbaba. Los niños le parecían seres frágiles, seres diminutos, débiles y desprotegidos. Aquella atalaya donde vivían les proporcionaba una distancia segura, una apartada localización donde palabras como «conocimiento» y «poder» se paladeaban juntas. El prior y las autoridades del villorrio viven retiradas, nunca mezcladas. El rumor tenue de las hojas de los almendros batiéndose permite las conversaciones en voz baja. No existe ningún grito, y el castigo se recibe casi por escrito.

Arrodillados, sumergidos en el recogimiento de la capilla, los monjes encienden alguna vela que ilumine el rostro cadavérico del Cristo. Un olor seco de suciedad y cera desciende por los cruceros, alcanza el pórtico y sustenta las arcadas: es la pausada meditación, que alcanza su justo distanciamiento sobre lo humano para iluminar el tapiado, justo debajo del coro, donde aquella respiración animal, aquel abismo irreconciliable, respira y vive. La comunidad religiosa ofrece sus oraciones y sus lentas palabras de consuelo al alma que pugna entre las deformidades de la bestia.

Un horrendo vocerío, como naciendo de las fauces mismas, despierta con dolor del silencio de la oración.
—¡Satanás! ¡Satanás! —se oye, y un cuerpo pesado se golpea contra las paredes.
Una vez forzada la verja se arremolinan a su alrededor. Aquellas convulsiones, aquella baba que le nace, aquellas garras sucias, las palabras completamente ininteligibles que llenan de repulsión hacia lo desconocido.
—¡Amarradle antes de que se mate! —ordena el prior señalando al cuerpo tembloroso.

lunes, enero 23, 2006

Por qué se suicidan las ballenas


Este fin de semana, la noticia de la ballena que marchó a morir al Támesis me hizo recordar un libro que desde hacía un par de años, huérfano de alacena, vagaba de un armario a otro, del comedor al dormitorio, buscando su precioso momento de lectura. En fin, el libro se titula : "Por qué se suicidan las ballenas" (Destino libro 68,ISBN 84-233-1011-6) y el autor es otro mito, del cual solo tengo excelsas recomendaciones, Ramón J. Sender.

Circunstancias de la vida, estos días fueron en toda regla días de proceso iniciatico: un largo viaje a Oviedo me ha dado pie a desaparecer entre sus páginas. A empaparme y soñar con ellas.
El asunto no es baladí. Ramón J. Sender enfoca su sentido trascendente de manera magistral, utilizando su agudísimo sentido crítico y acudiendo a las mejores fuentes: Tolstoi, Conrad, Ramón y Cajal... pero, ¿por qué se suicidan las ballenas? Sender bucea en las inteligencias humanas y las compara con las de otros seres, las ballenas, por ejemplo: su cerebro es diez veces mayor que el nuestro y sin embargo, han sabido librarse de ese afán destructivo y nihilista que rodea al espíritu humano. El libro comienza más o menos:

"La paz ha dejado de estar de moda. Los mozalbetes de un credo u otro asesinan como si se entrenaran para el más celebrado de los deportes a lo largo de los siglos. El que mata a diez es un enfermo mental a quien hay que encerrar. El que mata a diez mil un líder político, si mata a un millón un jefe de estado. El que logra matar a veinte millones es un héroe polarizador de las corrientes históricas."

Lectura cómoda y reflexiva. No sesuda, sino de las que entran por el sentido común y por el corazón. Palabras de un sabio.

miércoles, enero 18, 2006

ALGUNAS RELACIONES ENTRE EL DINERO Y EL FRÍO

En este gran poema de Luís Rosales, "ALGUNAS RELACIONES ENTRE EL DINERO Y EL FRÍO", siempre he encontrado muchas verdades reveladas. Lo leí por primera vez de chico, aunque luego perdí su pista durante años, hasta que hace una década, más o menos, me lo topé por fin, sin querer, en esta pequeña obra maestra: DIARIO DE UNA RESURECCIÓN (Fondo de Cultura Económica - ISBN 84-375-0162-8). Es uno de mis libros de culto de poesía. Como era de esperar, arrancado de entre los cajones y olvidado en un puesto de la Feria del Libro de Ocasión de Valladolid.

Ah, perdonen por no haber presentado antes a mi poeta: Aquí Rosales, aquí mis compañeros y amigos lectores que acompañan el vuelo de mi lechuza.

Imagino que será conocido por Vds. Para los que no, no pierdan más su tiempo (que no su dinero), cuelguen teléfonos, lleguen tarde a sus citas, como yo estoy llegando para teclearlo, y no se metan hoy en la cama sin dar un par de vueltas al asunto.

Pero lean, lean...


EL DINERO SE PAGA,
hay personas que tienen millones como hay ballenas que tienen tos
porque nunca salieron del Polo,
y son sietemesinas a la chita callando,
y no saben qué hacer con el dinero,
y no saben qué hacer con el frío,
pues el dinero es acromegalítico
y a veces hace crecer tanto
que se han visto ballenas que son mayores que una ciudad,
ballenas millonarias,
que no dejan dormir a nadie con su sola respiración en diez kilómetros a la redonda,
y esto es lo grave
ya que lo marineros suelen decir que quien las oye respirar por la mañana queda cesante un año,
y quien las oye respirar por la noche
se queda tramitado y ya no vuelve a recobrar el uso de ser hombre.

EL DINERO SÓLO ES DINERO CUANDO SE GASTA,
dicen los libros y los niños,
y este principio puede vacunarnos
ya que el dinero acumulado suele tener consecuencias muy perniciosas:
distancia al hombre de sí mismo,
le da poder incomunicativo de expresar su agradecimiento con un cheque,
le entumece los pies alucinándolo,
y en esto se parecen el dinero y el frío.
Tendríamos que aprenderlo para hacer palmas con las orejas,
ya que el dinero, como si fuera un espejismo,
que no lo es,
todo lo hace posible,
todo lo hace posible, y al mismo tiempo sucedáneo,
y tiene tanta fuerza que puede trasladar un monte o destruir una ciudad,

pero no puede dar una alegría,
sólo brinda satisfacciones,
satisfacciones retaceadas, pluscuamperfectos, convergentes,
que año tras año
dejan su anonimato sobre el rostro
igual que la sonrisa se congela en la boca del muerto.
El dinero ha perdido la inocencia,
si es que la tuvo alguna vez,
por tanto,
cuando llegue el momento en que una hora vale más que un vida,
solo debe importarte
distinguir claramente entre tener satisfacciones y tener alegrías,
esta es la clave de vivir,
no hay otra,
puesto que el alquiler de las ballenas suele durar un año,
el alquiler de las mujeres suele durar dos meses
y el alquiler de los políticos suele durar el tiempo que se tarda en hacer una arma.

Y
es cierto,
desde luego,
y contraproducente,
que la riqueza nos convence de todo, pues tiene arcángeles reumáticos
que pueden conseguirnos hasta las olas en que el año pasado nos bañamos,
además,
es idolatra
y crea de vez en cuando un nuevo Dios que no nos sirve para nada,
pues no basta hacer dioses, es necesario creer en ellos,
y la facilidad es descreída,
no lo olvides,
ya que nos dice la experiencia que quien consigue cuanto quiere,
suele tener un aborto de corazón,
y le sobra la vida,
y ya no sabe que hacer con ella.

DICE LOS DIPUTADOS QUE LOS MUERTOS TIENEN CONVERSACIONES ADMIRABLES;
las ballenas se convierten en islas;
hay olivos, hormigas, enfermedades súbitas,
libros que se han escrito de pie,
pueblos desmoronándose
y cantantes
demasiados cantantes que siempre están protestando de algo.
Sí,
es cierto,
ya sabemos que hay cosas muy distintas:
dividendos,
gobiernos insepultos sobre todo en España,
castraciones,
desperdicios y esperanza de mejorar,
amores transitivos e intransitivos,
y besos que se dan a noventa días como letras de cambio
donde no se tramita la saliva,
y siempre son el mismo beso hereditario,
la misma ruina tenacísima
y desde luego el mismo frío aglutinado y uniforme
que llega hasta nosotros desde los cuatro puntos cardinales.
Y es curioso observar que con el frío,
llega también un día
en que es preciso que vayamos al Banco para pedir prestada una peseta
y entonces cae sobre nosotros lo que algunos filósofos llaman la nevada del pobre
y buscamos el Banco entre la lluvia y la nevisca a la buena de Dios,
y empezamos a andar cada vez más atónitos,
más ateridos,
y cuando arrecia la tormenta
queremos esperar pero no queda tiempo,
queremos resguardarnos pero no quedan árboles
porque algún industrial ha convertido el bosque en palillos de dientes,
y cada vez está más claro que en torno nuestro sólo hay nieve,
nieve caída y manufacturada,
nieve monosilábica y cayendo,
y seguimos andando durante toda nuestra vida para encontrar el Banco,
pero andamos cada vez con más frío,
con más impedimento y poquedad,
y al fin tropiezas en tus pies,
y caes,
y vuelves a caer
hasta que no puedes levantarte,
y te quedas quietecito y sabiendo
que la nieve interior es más fría que la nieve exterior,
y en torno tuyo la soledad se convierte en un crimen,
y todo es cielo y una sola nube,
y todo es nieve y una misma nieve
cuando ya el cuerpo te amortaja y te viste de muerto,
y al contraerte tienes un vómito que se hiela al contacto del aire
y se queda colgado, como una barba amarillenta, sobre el rostro,

y comprendes que ya no puede sucederte nada
pues has llegado al éxtasis y sólo vives para ti,
el cuerpo ha decretado tu expulsión,
y te rellena,
pero de afuera a adentro,
mientras la vida se repliega, se sume, par-pa-dea
hasta que sólo queda en ti una oscura conciencia prenatal,
y no sabes que has muerto porque empiezas a ser feliz,
y la nieve va cubriéndote sin ver la luz...

y es tan dulce mirar sin ver la luz...

y es tan dulce no sentir en el cuerpo ni siquiera el latir del corazón...

no saber dónde cantan los pájaros...

porque tú ya no escuchas,
y te quedas al fin deshabitado,
y en esto se parece el dinero y el frío.

lunes, enero 16, 2006

Una simple lección de la vida


Cuando llegamos era tarde: el sol se ponía sobre las cumbres nevadas del puerto de los Ancares, y las torcedumbres de la carretera aterrizaban suavemente al valle, hostigado por la espesura y las bocas legendarias de los lobos.

En aquel tiempo, y de esto hace más de una década, todavía habitaba el último paisano del lugar una palloza. El edificio derrengado, hosco y feo, conservaba, no obstante, el indefinido inventario del remoto y torvo pasado de aquellas tierras. En la puerta, como siempre tenía por costumbre, acurrucado, descansaba el viejecito, arrugado, retozando los finales rayos de su existencia.

Pronto, en el bar, sorprendidos por la tardía llegada de nuestro grupo de expedicionarios campistas, nos dieron señal de la ubicación de su matusalén, aunque si bien, él hacia un buen rato que nos esperaba, quizás diríase, una eternidad.

Lo reconozco, señores, porque no entendí nada de la conversación con aquel viejo, puesto que utilizaba un singular idioma de encrucijada de tierras, mezcla de gallego, castellano y quien sabe si hasta de bable.

Fue un paseo largo, inabarcable a la memoria. Recorrimos juntos, muy lentamente, paso a paso el pueblito y entre los primeras candelas de la noche, aquel hombre, utilizando gestos simples y la profundidad de sus ojos, nos hizo ver porque las tierras no tienen dueños, ni líneas y las naciones las hacen los hombres con sus vidas a su uso y medida, generación tras generación. Como los costumbres vienen y van, los mundos-países se nos transforman. Es inexorable.

Aquel anciano fue el último de su estirpe, el postrero representante de un sueño caduco. Y a su lado, nosotros, los jóvenes discípulos dispuestos a aprender aquella simple lección de la vida.

Y a transmitirla.

miércoles, enero 11, 2006

Haikus del viajero de la cerveza

¡A los bares! Fuente de inspiración, y expiración, hasta
para muchos, de conspiración.

Con la cervecita al hombro, quién
no es poeta por estos lares, quién no desplega un par de ripios para
conquistar a los traseuntes.

-¡Camarera!, ¡Otro trago!¡qué tengo un par de Haikus para
piropearla con esmero!¡qué hoy malverso mi filosofía baratera!


1.

Tenían alma, luego bullían.

2.

Con la tiza escribió
el número uno y pensó:
el tahúr,
el zurdo y
el mago.

3.

Del futbolín,
el filósofo
con la cerveza.

4.

No vuela quien no
despega:

Con alas de palo
marinero de cartón piedra.

5.

En el bosque, la comadreja
roe la hura.

martes, enero 03, 2006

Salvaje 2006!


Feliz año nuevo,
estúpido malestar del vientre

somos pécoras sarnosas
rastrojos mendigos dolientes

hay cabañas asesinas
con muertos y crímenes luciferes

que nos enquistan los caminos
nos arrasan
nos magullan los dientes

Feliz año nuevo chico
pon en orden tu simiente

el que no llora no mama
y el que no sepa
a pedir paso-burra

a por otra,
que darán menos por más

y a ser valientes.

miércoles, diciembre 21, 2005

Natalicio


Por Navidad, Mikelow se vestía de charro, botonadura de oro y plata, y con su guitarrón y boca bronca se colaba en los garitos de Madison Street a cantar a las fulanas.

No sabía un solo corrido completo y por su acento de irlandés arrepentido, las frases en español sonaban ininteligibles o rajadas, pero al rasgar aquellas cuerdas, las mujeres quedaban seducidas y todas cantaban al son, tristes o enajenadas.

Fuera, las lucecitas de múltiples formas, los centros comerciales rebosantes y saciados o el propio estigma de unas Navidades nevadas. Y Mikelow no habría cambiado por nada aquellas veladas, y menos por una sesión jazz en la cocina con una rubia aterciopelada de Mahattan, porque en aquellos ojillos, las pobres mexicanas ilegales, se contenía la esperanza de un mejor tiempo por llegar, al otro lado de Tijuana, una vez cruzado Río Grande.

Por entonces nunca se acostaba con ellas y recogía papelitos con sus teléfonos para pincharlos en la nevera, como si aquellos pequeños testigos, justificasen por si mismos la propia venida del Natalicio.

miércoles, diciembre 14, 2005

¡Caleidoscopio de Ideas!


Lectores y amigos: al fin, alzamos el vuelo y os ofrecemos nuestro primer número de Caleidoscopio de Ideas.


Hacía cosa de medio año que nos juntamos para hacer realidad un sueño. En parte, éramos conocidos ya de tiempos lejanos, amigos de guerras pretéritas. Separados por nuestras obligaciones. Y otros nuevos: como los maestros, los mejores guías del medio donde habíamos empezado a bucear. Eso sí, todos emocionados.

Cuando publicamos nuestra editorial 0.1 ofrecimos la oportunidad de asistir al parto en directo de una publicación literaria. Teníamos nuestras serias dudas, y pronto se crearon las dos interesantes redacciones: una en Valladolid y la otra en Madrid. Al olor del café, las tapitas y las cañas, cuántas risas y cuántas ilusiones. Yo diría que hubo una etapa de reflexión, de donde salieron importantes refinamientos. Intercambiamos muchísimos correos electrónicos y tengo testigos que hubo unas cuantas horas de conversación telefónica.

Pasaron las semanas y llegaron los primeros vistantes de nuestros blogs personales: y nos alegramos.

Claro, claro, debía haber una línea editorial: por fin, un ideario, un marco que permitiera discernir las opiniones propias de cada autor y que parte componía la revista. Por eso decidimos que cada cual mantuviera su propio blog y que la revista naciera a partir de las aportaciones de cada uno de nosotros en un dominio propio e independiente.

Desde entonces hemos trabajado, quizás más para dentro que hacia fuera, con nuestros recursos limitados, con el ruido justo. Y aquí tenemos nuestro resultado: Caleidoscopio de Ideas.

Ahora sí, es tiempo que buceéis en la propuesta y si os seduce, os subscribáis a ella.

Lanzamos nuestra revista literaria aperiódica en el dominio www.caleidoscopiodeideas.com y por tanto, abandonamos el amable y amado blog de Google de caleidoscopiodeideas.blogspot.com.

Os esperamos. Os necesitamos. Y que os aproveche.

lunes, diciembre 12, 2005

Como llegar a rico sin dar ni palo


Llegan fechas de zambomba y villancico.

Para calentar la garganta, este romance de ciego:

La normas de la properidad laboral se escriben
en renglones torcidos. Dios me perdone.


"Como llegar a rico sin dar ni palo."

Tenga por bozal,
zanahoria y palillo
al pobre trabajar
por su librillo

y al hidalgo por su emblema,
entregado al brindis del sistema.

*

Que quien se levanta pronto
y tarde se acuesta
andará torpe y sin pitanza

de pasilleos líricos y vikingos
del socaire virgo del extravío.

*

Que la zanjas no cabes
con tanto esmero,
porque allí no hallarás
mucho dinero

sino vendiendo trigo si el trigo falta
o pintando plata con la matanza.

*

Atiende lo que te digo:

medrarás seguro con desatino
persiguiendo solo tus méritos enteros
sin conculcar con ahínco
aquellos ajenos.

Y no persistas en luengas vanas,
alquílate un esclavo por las mañanas,

y si bendices las cuitas de los mayores
hallarás con cumplidos sus lindos sabores.

*

Date cuenta lo que digo
no seas memo
sin oro no hay timo

y si otros llegan a ricos
únete al coro
que trabajar ya cansa

tira el pico lejos
monta una feria:
date larga holganza.

martes, diciembre 06, 2005

Spanish Texas


Un breve retazo de la novela en la que estoy trabajando. Os abro el corazón de uno de los protagonistas, que por el momento llamo Julián.

Sabrán que lo peor de los exploradores, de los veteranos de las cruentas guerras, de los guerreros y conquistadores glorificados de allende desconocidas tierras, siempre fue y había sido, claro está, su soledad. La soledad de Hernán Cortés, de Alvarado, de Cabeza de Vaca. El atril de la gloria. La historia acelerándose presta bajo nuestros pies. El turgente sabor de la prepotencia. Del abandono, el arte de la supervivencia. Julián no compartía con dichos prohombres e hijodalgos armas, escudo o celada. Tampoco hazañas o jornadas para que la posteridad le considerarse más tarde. Pero el caso era que ahora se le había despertado un instinto similar al de aquellos lejanos héroes, un instinto con el que había aprendido a vivir, dormitando en su interior, sin considerarlo, hasta entonces, necesario para su vida. Y ahora, inquieto, le producía cosquillas en el corazón. Cuando pudo domeñar aquella soledad, se hizo cargo absolutamente de ella, por fin, detrás de su puerta, apareció el vergel de las posibilidades estúpidas que hasta aquel día se había cercenado. Y como conquistador de su vida, cruzó algunos linderos, tomando posesión de nuevas veredas. Muchas veces no somos ni paisanos de nuestros corazones. Aunque tampoco seamos albaceas de nuestros destinos...

foto: Pedro de Alvarado, 1485-1541

viernes, diciembre 02, 2005

La memoria de Sabines


Jaime Sabines fue un fumador empedernido que no cesó de hablar del amor, la vida y la muerte.

Conocí su memoria hace varios años, allá por México, en un largo viaje a través del desierto,
muy cerquita de Querétaro.

Siempre he querido publicar algunos versos suyos. Estos de hoy me llenan de desconsuelo.

No sé que habrá tras la muerte, si seremos polvo o estrella, pero quisiera que las despedidas entre los seres amados fueran a lo sumo un hasta mañana, pero no un hasta nunca.

Leedlos y rumiadlos.

.....

Amor mío, mi amor, amor hallado
de pronto en la ostra de la muerte,
quiero comer contigo, estar, amar contigo,
quiero tocarte, verte.

Me lo digo, lo dicen en mi cuerpo
los hilos de mi sangre acostumbrada,
lo dice este dolor y mis zapatos
y mi boca y mi almohada.

Te quiero, amor, amor, absurdamente,
tontamente, perdido, iluminado,
soñando rosas e inventando estrellas
y diciéndote adiós yendo a tu lado.

Te quiero desde el poste de la esquina,
desde la alfombra de ese cuarto a solas,
en las sábanas tibias de tu cuerpo
donde se duerme un agua de amapolas.

Cabellera del aire desvelado,
río de noche, platanar oscuro,
colmena ciega, amor desenterrado,

voy a seguir tus pasos hacia arriba,
de tus pies a tu muslo y tu costado.

lunes, noviembre 21, 2005

Diseño Inteligente



El viejo Darwin paseaba aquella tarde con la tortuga, que bien sabido por todos, es un animal bastante más longevo que la especie humana. Hablaban descuidadamente. A Darwin le gustaba de aquella tortuga especialmente sus esquivos y lentos devaneos oratorios. Darwin le decía:

-Si Dios existiera habría sabido organizar una especie diferente.

Hubo un largo silencio. Los jilgueros brincaban sobre las ramas de un abedul próximo. De improviso, la tortuga le respondió.

-¿Diferente?- sus pesadas mandíbulas construyeron las palabras lentamente.
-Quiero decir más justa; Menos infame y terrible.
-¿Terrible?
-Fíjate en las hormigas: supervivencia pura, siempre sacrificando el interés del individuo. No existe egocentrismo. Son criaturas del planeta.

Llegaron a un acantilado. El sol equinoccial, rudo y exigente se ponía. Darwin se limpió el sudor que resbalaba del cuello de su hermosa camisa de lino.

-Él nos hubiera regalado esta maravilla sin ponerla bajo riesgo- y luego la tortuga concluyó aquel pensamiento, tras otro silencio -:Homo homini lupus.- Fue una frase sin par, larga, como hacía tiempo que no se escuchaba de boca de tortuga.

Darwin reclinó la mirada como confirmando la frase de su amiga y del bolso interior de su chaqueta tomó su libro de Tomás de Aquino para leerlo en voz alta.

De esta guisa, disfrutaron de las palabras del filósofo y sin darse cuenta les llegó la completa oscuridad de la noche.

Los dos ancianos reemprendieron su postrero viaje, de retorno a casa. Sus vidas se extinguían a cada paso que daban, aunque a sus pies, sin percibirlo tan siquiera, nuevas y extravagantes formas prosperaban azarosamente en la veleidad discreta de la existencia.

jueves, noviembre 17, 2005

"Gran Eva"


Mikelow:

en las calles de Manhattan
hoy los ejecutivos se masturban,

y se hacinan reservados
para cuadrar sus números impíos.

Hoy he visto sus burdeles,
vi los parkings de los bancos repletos;

Allí, fornicaban con los mendigos,
en la danza sorda de la "Gran Eva"


PD: Espero que aún recuerden a nuestro entrañable detective, Mikelow.

lunes, noviembre 14, 2005

Descuentos


La semana pasada fue complicadilla en mi vida profesional. Hasta tres veces me negaron. Esperé por puertas que finalmente no se abrieron y busqué palabras que nunca me llegaron.

Los siguientes haikus son el rescoldo de aquellos avatares. Cada uno de ellos encierra una lección aprendida.

*

El tigre dormita ocioso.
Hoy la presa disfruta con
la tregua descontada.

*

-¡'Quick wins', 'Quick wins'!
Arenga el ejecutivo,
atormentado granjero de vanidades.

*

Hubo sumado, amasado dineros
y reconciliado descuadres;
Salvo las ganancias,
no hizo apaño de su vida descontada.

*

El poder del castillo
no reside tanto en el rey
como en las celadas del camino
y sus murallas.

lunes, noviembre 07, 2005

Haikus del Lunes


Uno

Son tiempos breves para el zángano,
muerto tras el acoplo,
más también para el expulsado por la colmena,
expirando ya su plazo.

Dos

En la bocana del puerto
las despedidas son
parte salitre,y parte,
océano barruntado.

Tres

Por momentos,
el éxito
y el fracaso saben igual.

Después, el tiempo discierne con entendimiento.

jueves, noviembre 03, 2005





Como en los patios de vecindad, siempre hay vecinos que tienden a mirar de puertas adentro. Son los vecinos que insistentemente nos exigen ampliar sus terrazas, que dejen colgar su aire acondicionado o piden bajar siempre la cuota, que joder, siempre se paga mucho. Así siempre, pidiendo, pidiendo, pidiendo..

Sé que es mal ejemplo, oigan, no tengo otro.
El otro día viajaba a Lanjarón. Y digan lo que digan no vi frontera alguna. Las montañas ni se enteraban de los colorines y líneas que los políticos trazan en los parlamentos, los olivos se entretejían al norte de Despeñaperros como si na. Por que son olivos y no personas para ver un posible monopolio del aceite de Jaén, por ejemplo. Crecen donde crecen.

Pocas cosas sé, pero esta es una de ellas: el hambre no admite patrias. Yo mismo soy inmigrante. Lloro, penita pena, el despoblamiento de Castilla. Mi madre me dijo que mi casa era aquella que sabría darme de comer. Y sin embargo, pobre Castilla mía, su mesta, sus caminos, sus almenares, qué solitos se nos están quedando.

Pero por otro lado, abro los libros de historia y ¡Dios mío!, que no me atrevo a decir quién tiene más historia, y cuántas arrobas de papel pesan más, si la tuya o la nuestra. ¿No les parece arrogante? Como si la historia pasara gacha por ciertas comarcas, ufana, entretenida en labrar tan solo las diferencias de algunos.

He visto a viejecitos del Bierzo hablando en su particular lengua de valle y sierra de Ancares, mezcolanza y riqueza por si sola: ni gallego, ni leonés, ni nada. Era un todo.

Y para no cansar: Ayer hice mis deberes. He leído el Estatut, disculpen la mención política, ayer escuché a partes y contrapartes y por el momento, oigan, que no me entero. Que me lo expliquen Vds.

Para pasar el rato, leo a Benedetti. Sé que no tiene nada que ver con el asunto (¿o no?), pero mientras nos aclaramos, tenemos un punto de reflexión (o de inflexión). Que bien hace falta.

La nación es una manzana
una roja invitante manzana
y no sabremos quién la morderá

la nación es una corneta
una ronca gastada corneta
y no sabemos quién la sonará

la nación es una langosta
una atlética horrible langosta
y no sabemos quien la matará

Ah, nosotros estamos por la Reforma
o sea ahogar las cornetas en su tinta
y comer las manzanas con su cáscara
e invitar las langostas al té de los domingos

claro que estamos por la Reforma
o -en otras palabras- contra la Reforma
y ya que el prestigioso colega nos recuerda
que el once por ciento de nuestros lactantes
son comunistas y útiles cretinos
nuestro próximos slogan tendría que ser
démosles biberones con arsénico

así estaremos moralmente preparados
para regar con método y tal vez con piedad
la tierra de los hombres de buena voluntad.

viernes, octubre 28, 2005

El portarretratos












De suma eternidad
de pétrea longevidad
de verdad
y de ti

amueblo mi vida
de fancine tecnicolor

tengo un arca de madera
y un portarretratos de plata usado

sé que en mi cartera caben
más que folios rotos

a veces duelen lento
a veces pesan tanto.


lunes, octubre 24, 2005

Lo escuché de un anciano


Lo escuché de un anciano, ya ciego, apostado en una esquina del Albaycín. Juraba que los moros habían ocultado un tesoro en Granada, puede que en alguna cueva del Sacromonte. Y Olé. Eso debió ser hacer la tira de años, huyendo ellos de Granada, cuando los Santos Reyes Catódicos dilucidaron su segunda hégira.

La historia parecía convincente porque sí no, digo yo, ¿qué hacían todos aquellos turistas paseando calle arriba, cuesta abajo, en chanclas y fotografiando la ciudad? ¿Qué buscaban? Pensé que seguro alguien más sabía lo del tesoro, se había corrido la voz o tal vez aquel vegete había cantado a diestro y siniestro y aquellas gentes, los alucinados turistas, no iban a parar hasta encontrarlo. Había, pues, que darse prisa si yo quería ser su rescatador. Y el viejo hincaba las cuencas de sus ojos, albura de salina y elevaba su mirada hacía el vacío, quien sabe si hacia Generalife, quizás hacia Plaza del Salvador.

Le di unas pocas monedas para que continuará su relato: en realidad, todas aquellas tierras habían pertenecido a los tristes moritos. Nosotros tan solo tuvimos por misión acompañarlas durante su ausencia, hacía ya casi medio milenio. Casi. Y muy pronto vendrían, vencido el arriendo. Como infatigables caseros que fueron, querían las bellezas de Granada restituidas. Todas, hasta aquel particular tesoro, escondido en cualquier recodo de la ciudad.

Borracho de melancolía (era la tarde de mi partida después de un accidentado fin de semana) le creí todo, punto por punto.

Ahora, adormilado en el TALGO y de regreso a Madrid, vagón número dieciséis, repaso las instantáneas que tomé aquellos días por si hubiera mayores pistas. Espero que ningún otro se haya percatado, pero ya tengo recopilada una singular lista. Y no pienso publicarla, so pena que en un descuido se revele el enclave definitivo del tesoro. Lo quiero todo para mi. No le diré nada al anciano, de eso estoy seguro.

En fin. Ciertas o no mis suposiciones, serán excusas para escaparme otro fin de semana. Porque todos los que fueron hacen certera promesa de regresar algún día, tarde o temprano. Eso dice hasta la canción.

Y fíjense, todavía deben quedar soñadores. Aunque muchos nos llamen crédulos. Pero somos más de lo parece, muchos los que visitamos Granada. Siempre para volver.

Viaje (galáctico) de Antonio Machado





Hace tiempo que os hablé de la revista electrónica Ariadna.

Parece increible, pero permanecen fuera aparte de la moda fiera esta de las bitácoras. Por algo será, que será que lo bueno ni abunda ni es necesario vestirlo de sedas o tules. Es bueno por si.

Publican poco, y ahora he leído su número de otoño. Canela fina.

Tuve el honor, a principios de este año de que me publicasen unos poemas: LA SOLEDAD DEL COSMONAUTA.

Ahí va el segundo, titulado: Viaje (galáctico) de Antonio Machado


Caminante no hay camino
sino estelas...
El cosmonauta sueña
su feto flotando por la cosmografía del vientre materno


(a merced del silencio)

la noche parecida al líquido amniótico
y la vía láctea con su cordón umbilical.

Porque fueron voces que recuerdan antiguos paraísos arcanos
y son laberintos resonantes que jamás nos devolvieron

(a merced del silencio)

serán destinos secuestrados de un largo viaje
que fue, en parte, feto castrado

y en todo, naufrago de mar.



miércoles, octubre 19, 2005

Shi Hengxia


Furong Jiejie, Sister Furong, Sister Lotus, Sister Hibiscus: Flor de loto, joven hermosa.

Todos quieren serte, todos quieren compartir tu entrada en Wikipedia. Ni Galieo ni Newton ni Proust. Todos.

Ya sé que eres torpe, engreída, altanera y tal vez viciosa. Ya sé que eres el espejo donde mirarnos la caspa global, nuestra miseria y vacío, nuestra obesidad, tu pecho caído.

Pero amo tu simplicidad como se ama la tarde que se va, para dejarnos.

Sé que mis palabras no contribuyen al talento cósmico, que se derretirán en la boca. Pero no dejes nunca de bailar, tienes tras tu figura mil millones de seres amarillos que temen mirarte con concupiscencia.

Y ya son tres mil millones en el planeta. Yo uno más.

martes, octubre 18, 2005

Cuéntame como pasó.

Para aquellos lectores españoles que vieron el pasado programa de "Cuéntame como paso" (http://www.cuentamecomopaso.net/).

Allí, Carlos Alcántara leyó en público con gran revuelo, en la emisora nacional, el poema "EL CRIMEN", de Antonio Machado, poema que fue prohibido durante la etapa francista.

Os confieso que siempre ha sido unos de mis poemas preferidos, poema referente de los mundos de Lorca y Machado. Y creo que de todas los poemas que trazán el asesinato del poeta, éste es el mejor con diferencia.

Aquella misma noche se lo leí a mi mujer, que no lo conocía hasta entonces, casi de memoria. Sin embargo, en el capítulo de la serie, eché de menos que el poema fuese leído, completo, en altavoz, en primer plano, que todos los oyentes de la emisora nacional en "primetime" lo retuviesen. Por eso escribo estas líneas, para que aparezca completo y lo voceo, llegue donde llegue.

Y para los compañeros americanos y el resto: ya sabéis que Lorca fue maricón, poeta, señorito culto, en fin, diferente al resto, señales suficientes para liquidarlo. Corren tiempos difíciles, porque en el mundo, miles de Lorcas son asesinados en dictaduras por razones similares.

Este poema, por eso, sigue teniendo sentido. Y más.

EL CRIMEN.

"Se le vio, caminando entre fusiles,
por una calle larga,
salir al campo frío,
aún con estrellas, de la madrugada.
Mataron a Federico
cuando la luz asomaba.
El pelotón de verdugos
no osó mirarle la cara.
Todos rezaron los ojos;
rezaron: ¡ni Dios te salva!
Muerto cayó Federico
-sangre en al frente y plomo en las entrañas-
...Que fue en Granada el crimen
sabed-¡pobre Granada-, en su Granada..."

lunes, octubre 10, 2005

La máxima recompensa


En las viejas ollas de mi madre se cocinaron tantos platos que no cabría lista o libro redactado para contener la minuta. Kilos y kilos de puerros, alubias, lentejas, arrobas de garbanzos, incontables cuencos de sal gorda o fina junto a mares de granos de pimienta.

Canturreaba coplas de la Piquer, mientras removía los pucheros con el ojito bien pegado al borboteo del agua. Mi madre fue siempre una mujer paciente: supo deslindar sus largas horas junto al cocido... casi la misma perseverancia del agricultor, que día a día miraba al cielo por si las nubes trajesen pedrisco.

Siempre me pregunté de donde sacaba aquellas ocultas habilidades; estirando las sobras para reclutar los platos del día siguiente, en pertinaz y fecunda lucha con los precios de la plaza, hubo cargado (literalmente, arrastrado) toneladas de viandas a los fogones de la cocina para así remedar nuestros gustos antojados de infantes.

De ella aprendí muchas cosas: que la gula es pecado, aunque también lo sería dejar restos de comida en el plato.

Recuerdo que fue la cocina un coto vedado al desaliento. Me sentaba en lo alto de la silla de fornica, las patas cromadas y espigadas, mis piececitos colgando, y me atolondraban sus movimientos dirigidos para la disección precisa del pollo, la mondadura de la patata, o tal vez, el rebanado preciso de la cebolla.

Cuando los fuegos bullían ocupados por las frituras, cocimientos y guisos, mi madre se detenía y descansaba. Entonces me miraba y asentía con la cabeza, enarbolando una inmensa sonrisa, como quien se regocija de la lección bien enseñada.

Entonces tomaba un gran tazón de leche y se detenía a compartirlo conmigo. Sentados en la inmensa mesa que dividía nuestra humilde cocina, me contaba luego noticias sobre mi padre, lejos, tan lejos en la mar (pues fue marino mercante), y será por esto que aquellos vapores y humos de lumbre siempre los asocié con tierras lejanas, a los océanos y mares del Índico. Y aunque los platos que nos preparó durante aquellos largos años no fueron ni exóticos ni sofisticados, siempre me pregunté, cuando tiempo después hube visitado aquellos parajes remotos, por qué las playas paradisíacas no tenían aquel regusto a cazuela de bonito. Y por qué en los puertos de la Patagonia, las vacas mugían desconsoladas, ajenas al aroma de su propio estofado. Y por qué las naranjas de California no sabían a la base de bizcocho de las tartas de los domingos.

Mi primer mundo fue descubierto por las manos cocineras de mi madre.

Y ahora que he envejecido y mi madre marchó hace tiempo, cuando vuelvo a casa tras abandonar la oficina o después tras un presuroso y hastiante peregrinaje comercial, cuelgo los bártulos para navegar así por las perolas y sartenes de mi cocina. Todo suena a rito renovado: La bruja de Macbeth conjuró los espíritus en su caldero. Yo convoco los míos: las lágrimas de la cebolla, el sofrito, los medallones de merluza... todo tiene su lugar, el lugar de las cosas importantes; mis sueños se concilian, mi torpe realidad externa deja de preocuparme un ratito.

Sé que pronto cocinaré para mi hijo. Desearía trasmitir con fidelidad las enseñanzas de mi madre. Cuando sus manitas tropiecen con la cuchara guiada hacia su diminuta boca abierta, habré comprendido el fin de la sonrisa de mama. Ella hubo aprendido de la abuela que los guisos de la cocina guardan el amor más entregado y nutricio: el amor que no espera otra recompensa.
Aquellos guisos dejaron grabada la lección en mi corazón. Y si luego rememoro las recetas (y las ojeo, apuntadas a los márgenes del librillo que me regalase al marchar de casa), las dictaré en voz baja, imaginando como ella misma condimentaría pacientemente los platos de su nieto, el nieto que habrá de continuarnos con voz renovada de familia.

lunes, octubre 03, 2005

Fragmento de Spanish Texas


Permitidme que os muestre un fragmento de "Spanish Texas", un pequeño proyecto en el que estoy trabajando estos últimos meses.

Aquel lunes había vomitado lo suficiente como para levantarse demasiado tarde. Era medio día. Se sacude la cabeza y descalzo, se arrastra al cuarto de baño. Su rostro, en el espejo, le produce cierta sorpresa. Se frota la nariz y saca la lengua con sorna: será la imagen (misma) que se refleja en aquel marco descolorido, el garabateo de sus fauces, su inmensa barrigota flácida. Se desnuda, arrojando lejos el pijama. Manipula el grifo para que salga agua caliente, y mientras espera, se golpetea los muslos. Al son, tararea. Ritmo mágico, oriundo de playas lejanas. Tal vez una bachata machacona de no sabe que cedé de moda. Contra el rumor de la ducha oye que lo llaman por teléfono. Una, dos, tres veces. Espera con satisfacción a que salte el contestador: era la secretaría del bufete, recordándole la fecha de entrega. Jodidos impacientes.

Con el paso de los minutos empieza a recordar y su cerebelo se despereza; aquel bar de copas, la música de fondo, el dance con las putas. La noche pasada: le parece un camino largo, recorrido hace casi una eternidad, impreciso, que se dibuja en su memoria como una ensoñación acaramelada. Se siente sencillamente realizado, feliz, ya no recordaba cuanto tiempo hacía que fumaba marihuana o se iba de nenas. Ahora que lo piensa le gustan cada vez más, y sobre todo, las putas negras. Como la chupan. Como se menean encima. Como hincan su culete. Le gustaba pagar, por supuesto, y más ahora, que por fin podía hacerlo. Con la billetera llenita de euros. Llegar a la güesquería, acomodarse en la barra y esperar a que le entren a uno. Desvanecerse con las luces rojas y cutres de la barra. Ayer, por fin, pudo visitar su pequeño paraíso, patrocinio feliz de los familiares de Laura Buendía. Y se ríe: jodida ironía, aquella triste niña muerta, encontrada con un picha floja; se le ocurre que quizás Laura completase su tercemundista salario en la productora haciendo de buscona por horas. Terrible contradicción. Si fuese del tal guisa, la muerte de la niña había pagado su revolcón. La puta pagando a la puta. Todo queda casi en familia.

Entonces, con el chorro de agua hirviendo sobre su cara, empezó a comprender que algo gris sucedía, y no sabía cómo, había encontrado un nuevo pedazo del puzzle; saltó con prisa, dejando el reguero tras sí. La toalla anudada hasta su dormitorio. Sobre la cama, despanzurrada, la carpeta y las fotos del accidente. Los cuerpos ensangrentados, la nieve, los rostros desfigurados:

-... Ya sé quién cojones eres, jodido muchacho...

jueves, septiembre 29, 2005

Ni idea de yates


Aunque nunca haya tenido idea alguna sobre yates, aquel me parecía uno enorme; casi la mitad de un campo de fútbol. Era la sensación. Conté una, dos, tres y brinqué al mar. Todo parecía maravilloso: Las muchachitas paseando su palmito. Otras, recostadas, y de entrañables pucheros, con una copichuela de Don Perignon. Fantástico. Tres cubiertas. Veinte empleados de servicio, etc, cifras que bailaban (a ritmo pijo) en mi cabeza.

Hoy me sentía en mi salsa, parapetado contra las olas, voyeur travestido en una fiesterilla de jugadores de polo. Había sido invitado de rebote, por un antiguo compañero de tuna de Facultad, a quien la vida había premiado en segundas nupcias con la nuera del armador del barquito. Qué suertudo. Celebraban un encuentro de obligada asistencia cuando perteneces a la jetset de veraneo.

Así pues, como soy bastante caradura no supe negarme, aun sabiendo la diferencia de clases: y deben reconocerlo, soy mucho más guapo y joven que ellos. Fue divertido: me pasé el día tonteando y debía de resultar bastante extraño, con mis bermudas largas y floreadas, todo pálido, igualito al encalado de mi casa de Málaga y mis gafas de plasticucho, imitación a las de Armani.

Luego llegó la noche, se encendieron las luces. Música de los Juanes a bordo. Conversación insustancial, el puerto de Algeciras por fondo. Me sentía distinto, qué digo, mejor, superior, de crucero. La brisa traía aromas de pescadito frito, reminiscencias de los chiringuitos de playa.

No sé cómo llegué al puesto de mando del yate, donde un viejo marino de mar fumaba en pipa mientras descifraba mi facha. Su larguísima barba blanca le daba un toque peliculero. Capitanes intrépidos, pensé con guasa. Me saludó y nos presentamos. Resultó ser una persona franca y sencilla. Pronto confraternizamos. Hablamos del mar Mediterráneo.

De improviso mudó su sonrisa, y de un pequeño cajón sacó unos prismáticos. Miró mar adentro, escrutando el infinito resplandor de la línea del horizonte. Al cabo de unos minutos tomó la radio y avisó a los guardacostas. Alerta por aquella visión me señaló un punto que parpadeaba en una pantalla del cuadro de mando. Era el radar.
Me encogí de hombros."Otra patera a la deriva.", dijo. Y nos quedamos en silencio. En su frase la impotencia olía a salitre y sus ojillos temblaban, como quien alcanza con una aguja homicida un recodo abierto a la madera más seca e impenetrable.

lunes, septiembre 26, 2005

La fragilidad del monte y la memoria


Ya que la memoria humana es frágil como la rama del retoño del olivo, pronto se olvidarían del monte quemado. Sin más. Dejaron de visitar aquellos parajes, de pasear sus cresterías, sus despeñadas, de reposar los senderos, de transitar las encrucijadas. Decidieron no reforestarlo.

Las fincas se abandonaron. Murieron los abuelos, los últimos que habían jugado junto al centenario olivar. Y todos ya creían que aquellas montañas siempre habían sido así de feas, secarrales horribles donde los relámpagos se estrellaban. Y borraron la hermosa ermita de sus retinas.

Después la ciudad creció como una telaraña, las torrenteras fueron asfaltadas, las viejas pistas fueron transformadas en modernas avenidas numeradas par e impar. La cumbre edificada con un centro comercial de cristal esmerilado. Se taladró la montaña. La maquinaría pesada desbrozó el último arbolado. Se desmocharon los cerrillos. Y los esbeltos rascacielos competían por alcanzar el firmamento.

Pobres, ricos, cualesquiera, hacinaron las colinas. Crecieron barriadas asfixiadas y las laderas eran ahora decorados de tejaditos multicolor. Del monte extinto, el efímero parquecillo acorralado, la última fuente, el manantial contaminado que una tarde de abril hubo dejado de brotar por agotamiento.

A pesar de todo, algo nos había quedado de aquel mundo perdido: sus palabras. Recuerdos de cuando por el paseo de la cañada transitaba el ganado, cuando cruzar el paso donde ubicaron la antena de televisión significaba una temeraria travesía de una jornada, de las loberas y los nidos de águilas del contorno que nombraban ahora retorcidos callejones.

Los niños las estudiaban en la escuela. En su imaginación, la ciudad se transformaba por el rumor de la vegetación, el trasiego de los animalillos del bosque y la plazas, avenidas, se repoblaban fantasmalmente fruto de aquel accidente toponímico de la memoria. Luego los chavales salían al patio, recreando aquel mundo desaparecido. Se maravillaban como detrás de aquel gran edificio de un banco podía hacer crecido una pequeña dehesa. Y juraban que de mayores harían todo lo posible por arreglar aquel absurdo desaguisado, cambiarían lo que fuese necesario por recuperar su monte, aunque bien mirado, cuando crecían, sus quehaceres les iban apartando de aquel recto deseo y la pátina del olvido anestesiaba los sueños de la infancia.
Únicamente apuntarles este último detalle, casi desapercibido por insignificante. El paseo del cauce todas las primaveras se inundaba, como si la naturaleza cabezota, reclamase un territorio, que por otro lado, de por siempre le había pertenecido.

Nota: La fotografía fue tomada este verano en Óbidos (Portugal) por mi.

martes, septiembre 13, 2005

De vuelta en casa:

Gafitas retro ahumadas, cinturita melosa y regordeta, el cálido sabor de la brisa que se va.
Esto es Madrid: esta jodida ciudad, sus prisas y sus ascos. Ya no me acordaba, pero tengo envidia hasta de mi vecino. Su coche corre más y el muy cabrón es (encima) funcionario.

Y aquí me tenéis, encerrado en la urna de cristal de la oficina. Mascullando mi nausea.
Mirando por la ventana del ordenador. Solo, muy solo, cochinamente solo.

Quisiera volar como la lechuza y como ella misma, hacerme de noche y otear el horizonte.
Un año más, la mochila a cuestas, soy colegial del nuevo curso, 2005-2006,
ayer me compré los libros y la columna me llega al techo.

Tan solo un detalle. Mi blog. Amado compañero. Bebida infanticida. Polvo perverso.
Estimado canalla.

Saludos a todos,

_____________________

Pequeña noticia: me han publicado un microrelato "Corazón de encina". Leedlo y me decís.

http://www.margencero.com/relatos/relatos_index.htm

jueves, julio 28, 2005

Amigos, este mesecito de Agosto lo dedicaré al relajo. Hasta los poetastros necesitan un tiempo de asueto para lamer las heridas y escribir para si mismos. Perdonadme si el ritmo de publicación se resiente. Es la canícula, también.

Mikelow voló, en sueños alcanzó por fin el alto otero para reposar junto a la lechuza.

La lechuza tenía ojos tristísimos; Ojos cansados por la espera.
La noche seducía su grito acartonado, híbrido, de miembros desproporcionados: Era la noche digna.

Las palabras de la lechuza silbaban, Mikelow se agita entre fiebres en la cama.
Hay en la meseta de Alabama un calor tórrido de Agosto, un sabor a rancho viejo, un olor a película quemada.

En el motel de carretera, Mikelow sueña su destino de transeúnte.
A veces quisiera arrancar del narrador palabras mágicas de consuelo.

Cuando despierte el detective,
tomará su café con galletas, el Ford Galaxy, y del camino, un plano de carretera por compañero.

Hoy se marchó el viejo Mikelow de viaje.
En las barras de los clubes, las putas beben ron cubano:

Mikelow y sus bermudas, marcando el estribillo, la música en la radio.

lunes, julio 25, 2005

El físico imaginario (última entrega)




(Después de bastante tiempo, el final del relato. Debe ser cosa del verano. Sudar y sudar. Las partes anteriores del relato son http://eloterodelalechuza.blogspot.com/2005/06/el-fsico-imaginario-parte-1-de-3.html y http://eloterodelalechuza.blogspot.com/2005/06/el-fsico-imaginario-entrega-2-de-3.html. Tiempo de lectura: 10 minutos y la pensadita posterior)


Finalmente llegó la carta confirmando la fecha del traslado. Habría de empaquetar todos los mecanismos con sumo cuidado, y junto con toda la documentación, trasportarla en furgón. Él viajaría también, para proceder a la definitiva reconstrucción y ulterior presentación de su dispositivo a la Comisión y al público en general.

El empresario hizo un silencio en su extraña narración. Parecía emocionado. Acercó la botella de pacharán y llenó nuestras copas. Hizo un brindis cortés y vació su baso de un trago. Sus ojos, de vidrioso azul, resplandecían, casi adolescentes.
- ¿Y dígame, pues, qué sucedió? – mi tono de voz parecía alterado; extraño por aquel relato, del cual ahora yo exigía no fuese detenido...
- Abreviaré para serle útil. Hijo, fueron meses duros aquellos, de los que la memoria apenas nos trae más que débiles recuerdos. Y sin darse cuenta, fue que llegó la fecha señalada. Por siempre recordaría nuestro jovenzuelo aquella precisa tarde al sabio, responsable de la Comisión, en su laboratorio de física, mesándose las barbas, ralas, grises, huidizas. Parecía absorto ante los dibujos y galimatías de la máquina. Sin embargo, de cuando en cuando, alzaba la cabeza y escuchaba las palabras del muchacho con un punto de sonrisa en su boca, para anotar sus comentarios en la libreta. Finalmente alzó el gesto y muy serio comenzó su exposición. Usted sabe cómo los sabios miden sus palabras, y éste parecía pertenecer al grupo más acendrado de estos. Alzó la voz y le dijo, directamente, que ciertamente le sorprendía su osadía, pero que lamentablemente la máquina nunca podría funcionar, y que no era necesario entender toda aquella construcción ni perder más tiempo. Salvo que cambiaran las leyes de la naturaleza. Parecía dar por concluido el asunto. Así de simple.

El chaval rompió a llorar. Fue un momento, breve, de debilidad. Pero lo suficiente como para confesar al sabio cómo hubo abandonado su aldea, huyendo de la miseria, y cómo había copiado los diseños de un antiguo libro que ganó en una partida de cartas a un buhonero. Fascinado por aquellos dibujos y deseoso de alcanzar la fama, creyó que modificando las tensiones y configuraciones de las poleas y mecanismos, alcanzaría su éxito.

Durante los últimos meses había estudiado y leído cientos de libros de mecánica. Lo que inicialmente creyó una torpe astucia adolescente para engañar a sus conciudadanos y ganar algún dinero, se había convertido en su única obsesión y en su mayor ansia, una transformación animosa de su espíritu.

Pero ahora, justo antes de presentar su obra, se daba cuenta de lo fútil e inútil de la quimera. De su inconsciencia. Inocente, soñó que podría engañar a labriegos o codiciosos comerciantes pero nunca a un sabio. Y sabía que finalmente el resto se daría cuenta de su montaje y se burlarían de él, marginándolo. Se hundiría por siempre en el anonimato sin haber alcanzado su sueño: aquella máquina de movimiento perpetuo. Sin embargo, este hombrecillo, había sido el único que había sabido abrirle los ojos, primero porque conocía la ciencia cierta y segundo, porque no buscaba otros intereses tergiversados. Y entonces también se dio cuenta de lo engañado que había estado: quizás el resto, detrás de sus felicitaciones y tibios apoyos, escondían una pesada y sórdida burla de menosprecio.

Solo entonces, el empresario hizo una última pausa en la historia. Me guiñó un ojo y chascó la lengua como con disgusto. Me mordía la lengua de emoción. No entendía nada. Mi pensamiento se precipitó fuera del relato. De sopetón, me espetó una pregunta rabiosa. Fue la única vez que me tutease en aquella comida.

- Dime, ¿qué habrías hecho tú en su caso? Quiero decir, en el caso de haber sido aquel rapaz de la historia.

Interpelé al secretario con un pesado gesto de hombros, pero éste evitó cualquier respuesta. Se entretenía encendiendo su puro, y permanecía absorto rompiendo la preciosa vitola cual profesional cirujano.

- Y bueno... ¿Qué hubieses intentado ... ? – Repetía su pregunta mientras daba el primer par de chupadas y el humo desdibujaba su rostro. El tiempo se agotaba... tartamudeé improvisando una respuesta.
- Hombre... ¿Sabe? Podría haber maniobrado con rapidez... creando confusión... cancelando y posponiendo la presentación para ganar tiempo... en realidad, hubiese sido fácil hasta contrarrestar la posición del sabio con nuevos especialistas contratados por los industriales... argumentando que siempre existen principios tecnológicos por descubrir... que aquello era una innovación diferencial, mal entendida por los científicos del Ministerio.
- ¿Pero...? – Se reía, con su papada columpiándose repugnantemente, mientras estrujaba con su pregunta mis sesos. Era el tono, los gestos, que delatan mis dudas. Cuando me percaté de la celada escondida en aquella historia, casi se me saltan las lágrimas. Podía desperdiciar mi oportunidad. Continué, prácticamente tartamudeando. Y dije:
- ... Hubiese cumplido mi cometido... la empresa habría cosechado hasta buenos resultados durante cierto tiempo... las acciones se habrían revaluado lo necesario para ser vendidas con grandes beneficios... un buen negocio a todas luces antes de que descubriesen el montaje – entonces me sinceré a riesgo de parecer un mentecato, porque prefería ser un nene debilucho con torpes escrúpulos que un traidor. Por eso terminé: – ... y sin embargo no me hubiese hecho feliz. Hubiera ido en contra del sueño. – Y me quedé luego mudito, la cabeza alta. Seguro de mi contestación porque era digna de mis propias ideas. No me importaba qué pensase aquel gordinflón. Y si no me financiaba, ya buscaría otros banqueros.

Afortunadamente aquella respuesta causó su efecto. El empresario finalizó el cuento.

- Siempre recordaría, pasados tantos años, aquella tarde. Como delante de los periodistas, los fríos responsables de la corporación que patrocinaban su trabajo, el alcalde y los convecinos, el sabio anunció que aquellas hermosas cavilaciones nunca funcionarían en la práctica. No pasaban de ser un torpe sueño, una pantomima contraria a las leyes fundamentales de la física. Entonces unos murmullos de desencuentro invadieron la sala. Muchos se marcharon indignados. Cuando se volvió a hacer el silencio en la sala, el sabio continuó su exposición: y dijo que, pese el fracaso, el valor de aquel esfuerzo radicaba en su ingenio, su imaginación e inventiva. También dijo que nuestro futuro se mide por el número de tropiezos, las irrealidades de nuestros torpes visionarios que confusos, forjarán nuevos derroteros. Seguro que nadie supo apreciar aquellos cumplidos, porque finalmente el jovenzuelo se quedó solo en la sala junto al sabio. Todos se habían marchado, el alcalde del brazo de los empresarios, sus convecinos, los periodistas, urdiendo la mimbre del escándalo a publicar en la próxima edición matutina. Pero, como quien decide que no ha sucedido nada relevante, el jovenzuelo se dirigió al laboratorio para continuar sus esfuerzos como si se tratase de otro día más, pero esta vez bajo una nueva guía, es decir, apoyándose en los conocimientos de sabio; Al pasar los años, y nacerle las canas, las ideas se asentaron, y construyó, al fin, muchas y nuevas máquinas maravillosas, que sino móviles perpetuos, permitieron a la civilización avanzar y progresar.

De esta guisa finalizó su relato y dio por concluido, sin más, nuestro encuentro. Por entonces, una humareda invadía nuestro reservado y me hacía toser y lagrimar constantemente. El secretario, sacó un pañuelón inmeso del bolsillo y con estrépito y teatralidad se sonó la nariz. Al salir de mi atontamiento me encontré al empresario pagando la cuenta y llamando por su móvil al chofer. Volvía al frenesí de su actividad cotidiana. Miró su reloj y maldijo en voz baja, puesto que llegaba tarde a la siguiente reunión. Casi sin despedirse se marchó. Torpemente me dio la mano sin mirarme a la cara.

Y me quedé solo, jugando con la cubertería de la mesa, meditando sobre el asunto de aquella extraña reunión.

Semanas más tarde llegaría la contestación a nuestra propuesta de negocio. Había sido aceptada.

miércoles, julio 13, 2005

In memoriam

En memoria de las víctimas y sus familias, todos inocentes.

Había vomitado toda la noche.

Por la ventana, la mañana se colaba: tenue, lúcida, ambivalente.
Sara apagó el despertador un instante antes de sonar. El zumbido eléctrico se desvanecía en su mente con celeridad.

Al levantarse, mecánicamente miró la cuna. Dentro, el pedazo de tierra y cielo se desbrozaba en arrumacos. Tomó al primogénito, y en brazos, sonrisa cándida, lo acunó.
El bebé movía sus manitas, manipulando el aire. Pensó, vaya con el glotón, ya me pide otra vez la teta. Mientras lo amantaba, veía, a lo lejos, los últimos embotellamientos de Walthamstow Avenue. Unos se movían rápidamente hacía la estación de cercanías, otros se hacinaban afanosamente con sus furgonetas para preparar el día de mercado.

Todavía con el niño en brazos bajó a la cocina. El piso crujía. La casa donde nació Mary Lou, un antiguo caserón victoriano, había sido prácticamente remodelado por la familia de Azzi. El padre de Azzi (el viejo abuelo) regentaba una frutería en el mercado y su posición era ciertamente cómoda al ser ya un emigrante integrado en la comunidad. El abuelo de la criatura era de origen indonesio, huido de la sangría de Suharto, allá por los sesenta. Abandonando su país llegó a Londres, allí trabajó en la construcción hasta ahorrar lo suficiente para establecerse por su cuenta. Rehizo su vida, allí conoció a su mujer, otra emigrante, esta vez Marroquí. También allí nació Azzi. En el mismo Walthamstow su hijo Azzi conoció a Sara veinte años después. Allí fue concebida Mary Lou. Daba gracias a Alá en sus oraciones por aquella prosperidad recibida.

Dieron las nueve. Ahora Sara le cantaba una vieja canción de cuna a su bebe: en ella, los anglosajones eran vencidos por los normandos, era la batalla de Hastings y corría el año 1066.

Mary Lou tiraba con sus deditos de la larga melena plateada a su madre y su pequeña sonrisa recibía la nana. Escrito contra el frigorífico, una nota estilizada en árabe: era la letra de Azzi. Había tomado el metro muy pronto y le recordaba que hoy trabajaba cerca de la estación de King’s Cross.

Sara recordó todo aquello. Sonrió. Está noche le daría la buena noticia. Porque tendrían esta vez un varón. La parejita.

Anotó cuidadosamente en su recuerdo aquel día: era el 7 de Julio, Jueves.

viernes, julio 01, 2005



Este miércoles, Lidia, Carmen y yo, despachándonos unas cervecitas por Ronda de Segovia. Hablando de literatura. Hablando de la visión del creador, del artista. De su independencia.
Luego al hilo de la conversación, apareció Miguel Hernández y claro está, Celaya.

Ya un lector nos había mencionado semanas antes (http://caleidoscopiodeideas.blogspot.com/2005/06/porque-caleidoscopio-es-ficcin.html) su poesía “como arma cargada de futuro”.

Celaya. Fuerza humana devoradora. A los 17 años conocí su obra. En el instituto, montábamos una revista “Laboratorio Azul”. Impresionado por su “biografía”, leí otros poemas, aunque su impacto fue menor, quizás porque en aquellos tiempos yo buscaba literatura en mayúsculas (Lorca) y Celaya, es sobre todo un ser complejo, con una carga humana brutal. El tiempo ha pasado, a raíz del comentario, retomé sus poemas. Como decíamos, aquella tarde en la terraza del bar, donde todos coincidimos: “Lo mejor de Celaya es Celaya. Su humanidad.”. Será que nos hacemos mayores.

Curioso el poeta: niño de bien, educado para ser élite conservadora de los valores de su época, abandonó la dirección de la empresa familiar para lanzarse al poema social. Lo dejó todo. Luego se desdijo y retomó sus reflexiones abstractas, su formación ingenieril para entender al ser humano. Murió pobre. Su proyecto editorial no fue comprendido en una España ceniza y simplona. Recuerdo además que el Estado tuvo que ofrecerle una renta o así para que subsistiera en sus últimos años de vida. Torpe arranque de escrúpulos el nuestro.

"Biografía"

No cojas la cuchara con la mano izquierda.
No pongas los codos en la mesa.
Dobla bien la servilleta.
Eso, para empezar.
Extraiga la raíz cuadrada de tres mil trescientos trece.
¿Dónde está Tanganika?
¿Qué año nació Cervantes?
Le pondré un cero en conducta si habla con su compañero.
Eso, para seguir.
¿Le parece a usted correcto que un ingeniero haga versos?
La cultura es un adorno y el negocio es el negocio.
Si sigues con esa chica te cerraremos las puertas.
Eso, para vivir.
No seas tan loco.
Sé educado.
Sé correcto.
No bebas.
No fumes.
No tosas.
No respires.
¡Ay, sí, no respirar!
Dar el no a todos los nos.
Y descansar: morir.

El poema "Biografía" es del propio Gabriel Celaya y el dibujo de Juan Luis Goenaga,
que realizó para su homenaje, en 1976.